La muerte no tiene letreros eclesiásticos – Por Gonzalo Vega

Durante las últimas semanas han fallecido algunas figuras mediáticas del cristianismo evangélico tales como John MacArthur, David Dykes, Gordon Wenham, André Gounelle y Jimmy Swaggart entre otros. Producto de esto, se han subido a internet múltiples artículos y publicaciones, tanto positivas como negativas, acerca de estos hermanos. Es cierto que ninguno es chileno y en la lista hay pentecostales y no pentecostales. Pero de alguna manera han sido influyentes entre nosotros, escuchamos sus sermones o compramos sus libros, así que opinamos sobre ellos en nuestras iglesias y nuestras redes sociales pentecostales chilenas.

En este artículo no quiero hacer defensa ni escarnio de quienes ya no están con nosotros. Más bien, el propósito es recordar algunas virtudes que la Biblia nos enseña y confrontarnos con algunas otras actitudes que rozan en lo pecaminoso cuando, ante la muerte de alguien, divinizamos o condenamos.

Durante la pandemia falleció un pariente indirecto. Dentro de mi familia surgieron diversas conjeturas respecto a su destino. Algunos creían que estaba en el infierno, debido a que llevaba una vida licenciosa y se había acostumbrado a acomodar el cristianismo a conveniencia. Otros, más cercanos afectivamente al difunto, sostenían que se había arrepentido en los últimos minutos. Aunque no podía hablar, su llanto y mirada les hacían pensar que había sido movido a arrepentimiento.

En mi caso, sentí un profundo celo. Me molestó en gran manera la ligereza con la que nos hemos acostumbrado a enviar al cielo o al infierno a las personas. Frases como “Está descansando en los brazos del Señor” o “Se está pudriendo en el infierno” se repiten con una soltura que resulta preocupante. Curiosamente, pareciera que nuestra actitud no difiere tanto de esa parte de la cultura delictual que le pone alas de ángel a sus mártires en los murales. A veces reconciliamos vidas alejadas de Dios y otorgamos un final feliz celestial, sin considerar quiénes somos y cuáles realmente son nuestras atribuciones.

No estoy diciendo que Dios no pueda salvar en el «último momento» —la historia del ladrón en la cruz lo demuestra claramente—, pero: ¿es siempre este el caso? ¿Es posible burlarse de Dios? ¿Es el genuino arrepentimiento algo que podamos producir nosotros mismos en el momento que queramos, o es obra de la sola voluntad del Espíritu Santo?

Méritos, gracia y un juez justo

Por un lado, están quienes envían al cielo a cualquiera con boletos de último minuto. Por otro, quienes miden las obras y condenan o premian según la simpatía o comportamiento moral del fallecido. Frases como “tenía el cielo ganado” o “era tan bueno” son comunes, pero completamente ajenas a la enseñanza bíblica. Tanto quien vivió en pecado como quien vivió una vida “decente” necesita a Cristo. Ya sea que lo conozcan en sus primeros días o en el lecho de muerte, la salvación es por gracia, no por mérito ni por tiempo acumulado en la iglesia.

Todo, absolutamente todo lo relacionado a nuestra vida descansa en los méritos de Cristo. Por eso debemos aprender a separar la obra del obrero. Algunos parecen tener buenas obras a ojos de los hombres, pero han rechazado a Cristo. Y la Escritura es clara: ¡No hay camino al Padre fuera de Jesús!

Siendo muy sincero, más de una vez he pensado —y oído— frases como: “Es un buen hombre, lo único que le falta es Cristo.” ¿De verdad lo único? ¡Si le falta Cristo, le falta todo! No hay quienes tengan una parte de la vida eterna ya ganada, no hay gente más o menos apta para la salvación. Todos estábamos destituidos de la gloria de Dios. No hay justo, ni aun uno. También hay quienes carecen de buenas obras o derechamente abundan en malas obras. ¿Y si Dios decide salvarlos? ¿Si creen en Cristo, aunque sea en su final? ¿Podrán ser salvos? La respuesta bíblica es clara: sí.

La vida de David lo demuestra: varón sanguinario y adúltero, pero aun así Dios lo llama “un hombre conforme a su corazón.” No tiene que ver con obras, sino con lo que Dios quiera hacer. Por otro lado, habrá quienes, habiendo profetizado, echado fuera demonios o hecho milagros, podrían oír: “No te conozco.” No nos corresponde a nosotros satanizar ni beatificar al fallecido. Esa potestad es únicamente de Dios. No importa si eres arminiano o calvinista, las sagradas escrituras son claras: el juicio le corresponde solo a Dios.

El momento de meditar

Un punto importante también a considerar, son los vivos. Son ellos quienes lloran la partida. Podemos —y debemos— reflexionar ante la muerte, pero no para dictar sentencia, sino para traer sabiduría a nuestros corazones. Salmos 90:12 nos exhorta:

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”

Y Eclesiastés 7:2 afirma:

“Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete, porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón.”

Ambos versículos nos animan a una meditación personal, a averiguar si estamos invirtiendo nuestro corto tiempo en lo eterno o en lo perecedero, no a emitir juicios sobre otros. La muerte debe impulsarnos a la introspección, no a la especulación sobre el destino ajeno.

El valor del silencio

Job 2:13 nos dice: “Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande.”

Eclesiastés 3:7 nos recuerda que hay “tiempo de callar, y tiempo de hablar.”

En esta era en que todos opinamos de todo, el silencio es una virtud escasa. A veces, no necesitamos tener algo que decir. Lo mejor que podemos ofrecer a los que lloran es una silenciosa compañía, quizá un «llorar con los que lloran» y brindar luto en silencio.

Muchas veces hablamos para evitar la tristeza y el dolor, porque nos incomoda el sufrimiento. Pero ¿Qué no dijo el Señor que había tiempo para llorar? ¿Qué no dijo el Señor que había tiempo para guardar silencio? Quizá sea tiempo de callar.¿Tienes algo brillante que decir? Tal vez sea mejor escuchar a los deudos.

Hay ocasiones en las que simplemente no tenemos nada bueno que decir. Y en esos casos, el silencio no solo es válido, es necesario. ¿Tienes algo malo que decir? Entonces guarda silencio. No con un “mejor no digo nada”, ni con un “no tengo nada bueno que decir, así que me callo”. Simplemente: calla.

Si bien la valentía y el denuedo para predicar la verdad del evangelio son virtudes, muchas veces se confunde la impertinencia con valentía. Ser desubicados no nos hace mejores cristianos; ser más duros en nuestros discursos no nos hace ni más ni mejores. En estas ocasiones, la mejor predicación será presentar una esperanza viva a los vivos. Es cierto: el evangelio es espada y causa heridas. Pero el evangelio causa heridas que él mismo sana, y lo hace para salvación. Si la intención de tu corazón está solamente en hacer tu mejor esfuerzo por herir, entonces no comprendes el evangelio.

¡Mejor calla!

Cristianos con todos

Y por último, todo lo anterior no debe estar sujeto a posturas teológicas. Filipenses 4:5 nos exhorta: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca.” La gentileza, compasión y gracia que recibimos, la damos a todos los hombres; no debe estar limitada a mis simpatizantes. Qué triste es ver que, cuando fallece un predicador de mi corriente teológica, soy benigno en mi juicio, pero cuando se trata del muerto ajeno, estoy dispuesto a bailar un pie de cueca sobre su tumba. Jesús fue muy claro al decirnos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.

Hace casi un mes falleció Jimmy Swaggart. Los más contrarios a él no dudaron en recurrir al chiste del «hermano Bombo Fica» y en recordar sus antiguos pecados. Otros fueron aún más lejos y, como si fueran el Espíritu Santo que escudriña los corazones, afirmaron derechamente y sin tapujos que él no se había arrepentido.

Ayer falleció John MacArthur, y algunos de los pro-Swaggart también quisieron ser detractores de MacArthur. Fueron igualmente lapidarios, al punto de decir que blasfemaba contra el Espíritu Santo y también de sacar a flote el último escándalo ocurrido en Grace Community Church. También se repitió mucho la frase: “jamás se arrepintió”.

Hablando con un hermano en Cristo, me mencionaba también cómo gran parte del pueblo evangélico, tuvo una actitud muy hostil contra el fallecido Papa Francisco, Jorge Bergoglio. De forma muy respetuosa me dijo: “¿Y qué pasa si en su corazón no estaba de acuerdo con eso (el catolicismo romano), pero igual estuvo ahí hasta el final?  La pregunta es: ¿quién conocerá el corazón del hombre?»

Cabe entonces hacer la pregunta: ¿definiremos nosotros si Dios lo envió al cielo o al infierno? ¿Y qué si, en su corazón, su confianza estaba plenamente en los méritos de Cristo? ¿Estamos siendo conocidos por el amor que nos tenemos, o por encararle sus pecados al que predica algo distinto a mí?

La muerte siempre será un misterio doloroso. Incluso cuando tenemos una esperanza eterna y viva, incluso siendo cristianos, estamos sujetos a ella en este mundo perecedero. La muerte nos confronta con lo eterno, pero también con nuestras debilidades, prejuicios y ligerezas. Como cristianos, debemos aprender a acompañar más y emitir menos sentencias; a mirar más hacia adentro y hacia al lado, más que a intentar adivinar si los que ya no están se fueron hacia arriba o hacia abajo.

No somos nosotros los que decidimos el destino de nadie. Esa atribución le pertenece única y exclusivamente a Dios.