El prejuicio al mundo evangélico de María Mönckeberg “En el nombre de Cristo” – Por Luciano Silva

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Luciano Silva Mora*

El libro En el nombre de Cristo, escrito por María Olivia Mönckeberg, pretendía ser una radiografía crítica del llamado “poder evangélico” en Chile. Sin embargo, el resultado es un texto deshilachado, sustentado en entrevistas dispersas y desprovisto de rigurosidad metodológica. Así, lejos de ofrecer una mirada profunda, la obra se extravía en generalizaciones erráticas.

La periodista incurre en una falacia básica: considerar como homogéneo un movimiento religioso que, en verdad, es radicalmente diverso en doctrinas, prácticas y orientaciones políticas. Entrevista a personas sin experiencia académica ni vivencia representativa del mundo evangélico, y omite voces autorizadas y documentadas sobre el fenómeno. En consecuencia, se construye un discurso que simplifica lo complejo y desinforma a quien busca comprender.

En mi caso, se me menciona como si compartiera líneas doctrinarias y prácticas con grupos como “Águilas de Jesús”, lo cual resulta absolutamente improcedente. Cualquier observador informado del campo evangélico sabría que nuestras posturas son profundamente antagónicas y difícilmente conciliables. Por ende, el uso de mi nombre sin comprensión de contexto refleja negligencia investigativa.

El texto tampoco explora con seriedad la dimensión política del fenómeno evangélico chileno, particularmente en lo que la literatura contemporánea denomina “desprivatización religiosa”. Investigaciones nacionales e internacionales han trabajado en profundidad este fenómeno, señalando cómo las iglesias han abandonado su tradicional apoliticismo para ingresar al espacio público. Sin embargo, Mönckeberg ignora este corpus bibliográfico, como si el fenómeno recién se estuviera observando desde su cuaderno de notas.

Más grave aún es la carencia casi absoluta de citas bibliográficas, académicas o especializadas, lo que despoja al texto de todo sustento científico. La periodista no dialoga con sociólogos, historiadores ni teólogos que han abordado el mundo evangélico desde una mirada rigurosa y crítica. Por tanto, el lector queda atrapado en una red de testimonios subjetivos y no contrastados.

En lo que respecta a la categorización doctrinaria, el libro cae en una confusión imperdonable al equiparar a los evangélicos con grupos como mormones, testigos de Jehová y adventistas. Estas agrupaciones, aunque compartan ciertas prácticas externas, no forman parte del protestantismo evangélico histórico, ni teológicamente ni organizativamente. Así pues, esta omisión demuestra un desconocimiento básico del objeto de estudio.

Uno de los escasos aciertos del libro —aunque mal desarrollado— es señalar el viraje de sectores evangélicos hacia posiciones conservadoras. Pero ni siquiera este fenómeno es contextualizado correctamente: la autora lo atribuye a un fanatismo religioso, sin entender su raíz social y política. Porque, de hecho, el abandono de la izquierda por los pobres y su reemplazo por causas identitarias ha generado un quiebre real y profundo.

El giro evangélico no obedece a un amor súbito por la derecha, sino a una defensa de principios relacionados con la familia, la vida y la libertad de conciencia. Al ver amenazados estos valores por una agenda progresista abstracta y ajena a su realidad, muchas iglesias han optado por la resistencia. Por consiguiente, la politización del mundo evangélico es una reacción cultural más que un alineamiento ideológico cerrado.

Uno de los capítulos más débiles es el que aborda la influencia del evangelicalismo estadounidense en América Latina, que apenas roza un tema de gran complejidad y riqueza analítica. Hay abundante literatura sobre cómo este influjo ha sido adaptado, resistido y reformulado por las iglesias locales, generando formas híbridas de cristianismo político. Pero en este punto también Mönckeberg se limita a repetir estereotipos sin explorar ninguna de las fuentes académicas disponibles.

La cuestión del diezmo es abordada de forma especialmente deficiente, pues se reduce a un conjunto de testimonios emocionales sin cruce empírico o análisis doctrinal. No se distingue entre iglesias neopentecostales de corte carismático y aquellas históricas que practican el diezmo como principio voluntario y ético, no obligatorio. En suma, se ofrece una caricatura de la economía religiosa, sin matices ni contexto sociológico.

Finalmente, si el “poder evangélico” fuera tan real y estructurado como insinúa el título del libro, este movimiento pertenecería a la élite cultural y económica del país. Pero lo cierto es que el mundo evangélico chileno continúa siendo, en su mayoría, popular, precario y con escasa presencia institucional. Por ende, hablar de poder sin considerar estratificación social es ignorar los fundamentos mismos de la sociología política.

En definitiva, el libro de Mönckeberg no solo fracasa en su intento de comprender al mundo evangélico, sino que incurre en errores graves de forma y contenido. Su metodología es débil, su marco conceptual inexistente y su selección de fuentes arbitraria. Así, más que un trabajo periodístico serio, parece una acumulación de prejuicios disfrazada de investigación.

*Doctor en Educación (UCM), Magíster en Políticas Públicas (UDD). Ex Convencional Constituyente.