Desde el mundo pentecostal existe una queja —justificada— hacia algunos hermanos reformados que critican al movimiento, cuestionando en ocasiones nuestra visión del evangelio.
Como pentecostales, nos duelen estas críticas. Dichas críticas muchas veces provienen de corazones heridos, marcados por malas experiencias en iglesias pentecostales. En otros casos, vienen del desconocimiento o de ideas preconcebidas o más bien prejuiciosas sobre la teología pentecostal. Sin embargo, no podemos controlar lo que otros dicen desde sus veredas. Lo que sí nos corresponde es arrepentirnos y hacernos cargo de los pecados que nos aquejan a nosotros como pentecostales. ¿Somos nosotros inocentes? ¿No hemos también lanzado acusaciones injustas y tendenciosas contra otros movimientos cristianos?
He sido parte de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular desde que tengo memoria. Esta iglesia, conocida como una iglesia del “evangelio completo”, me formó profundamente. Sin embargo, debo confesar que durante años no reflexioné mucho sobre ese título. Cuando uno vive dentro de la burbuja de su iglesia o denominación, da por sentadas muchas cosas. Es por esto que agradezco a Dios por haber tenido la oportunidad de compartir con hermanos y hermanas de diferentes iglesias, denominaciones y tradiciones. Mi padre enseñó durante años en instituciones como el IBN, el Ejército Evangélico de Chile, la Iglesia de Dios, entre otras, por lo que crecí oyendo doctrina pentecostal en diversos contextos.
Fue hace alrededor de diez años que escuché por primera vez el término reformado. Si bien conocíamos el nombre de Martín Lutero y hablábamos de la Reforma Protestante, lo hacíamos desde un relato que, en muchos casos, se limitaba a decir: “Gracias a Lutero somos iglesia”. Jamás había escuchado expresiones como “iglesias históricas”, “luteranos”, “presbiterianos”, “anglicanos” o “calvinistas”.
En medio del boom reformado de hace aproximadamente una década atrás, muchos jóvenes de mi iglesia comenzaron a migrar hacia iglesias reformadas. Tristemente, muchos de ellos lo hicieron a menudo con una actitud agresiva y despectiva hacia sus “ex hermanos” y comunidades de origen. Siendo honesto, durante esos años mi visión del mundo reformado era bastante distinta a la que hoy tengo, debido al mal testimonio que algunos dejaban.
Muchos de esos hermanos que se autodenominaban reformados —o los más militantes, calvinistas— maduraron con el tiempo. Se arrepintieron de los excesos cometidos en el calor del debate teológico librado en el concilio de Facebook. Desde este lado también hubo un crecimiento y un proceso de maduración. Dejamos de llamar libertinos a quienes ya no compartían nuestras prácticas o doctrinas.
Algunos se fueron buscando una enseñanza más centrada en las Escrituras, y un sistema de gobierno eclesial, con mayores certezas. Otros, simplemente, porque les dijeron que en la otra iglesia podían beber alcohol. Algunos volvieron, otros se quedaron y otros muchos de los que debatían en ambos bandos tristemente abandonaron la fe.
Con los años he compartido con hermanos tanto pentecostales como reformados. En ambos lados he encontrado siervos fieles, y también personas con las que cuesta un poco más tener comunión. Pero todos, al fin y al cabo, hermanos en Cristo.
Volviendo al tema central —la discusión sobre quién posee el “evangelio completo” y quién no—, quiero abocarme a una declaración del reverendo David Wilkerson.
Wilkerson, quien fundó Times Square Church en Nueva York, comenzó su ministerio en una pequeña iglesia afiliada a las Asambleas de Dios en Phillipsburg, Pensilvania. Fue un destacado pastor y predicador pentecostal, conocido por su obra evangelística en las calles de Brooklyn. Y por su ministerio Teen Challenge, un programa de rehabilitación para jóvenes adictos. Wilkerson fue un hombre respetuoso y respetado no solo por el mundo pentecostal, sino por distintas tradiciones cristianas.
En su predicación titulada «Última Llamada: Cómo conocer al Espíritu Santo de Dios», Wilkerson hace una crítica muy acertada a un concepto común entre los pentecostales:
«No me gusta mucho el término evangelio completo, eso más o menos insinúa como que los otros tienen el evangelio a medias. ¡Ah, nosotros somos el evangelio completo! Quiere decir que usted tiene un evangelio a medias. No me gusta esa frase.»
En esto considero que tiene razón. Al usar expresiones como “falso evangelio”, “pseudo-evangelio” o “evangelio completo”, comenzamos —quizá sin darnos cuenta— a ponerle apellidos al Evangelio. Y si hay uno completo, entonces debe haber otro incompleto. Esa lógica nos aleja de la unidad en la fe y nos acerca peligrosamente al orgullo espiritual.
¿No será que nos hemos apropiado del Evangelio? (No en un buen sentido)
Como pentecostales, a veces creemos que ciertos rasgos del cristianismo son “exclusivamente nuestros”. Pensamos que solo nosotros podemos quebrantarnos en la adoración mientras alzamos himnos o canticos, o que solo nosotros podemos recibir milagros, o experimentar al Espíritu Santo de forma viva. Pero el Evangelio —y todas sus expresiones— son patrimonio de toda la Iglesia universal, no solo de una corriente o tradición.
No, mis hermanos. No somos los primeros cristianos, ni descendemos directamente del Pentecostés, como algunos afirman. No hay base histórica ni bíblica para sostener eso. Tampoco tenemos el evangelio completo. Aunque en Cristo estamos completos, seguimos lejos de ser dueños de la verdad absoluta.
Hoy en día parece que las tradiciones doctrinales pesan más que la Escritura. Muchos pentecostales se resisten a revisar sus creencias, aunque estas contradigan la Palabra de Dios, simplemente porque su denominación enseña otra cosa. «Es que yo soy pentecostal».
Nos hemos quejado de que algunos reformados no reforman sus doctrinas, violando su «Ecclesia reformata, semper reformanda» Pero… ¿qué hay de nosotros? ¿Está antes nuestro cristianismo o nuestro pentecostalismo? ¿Soy más pentecostal que cristiano?
Hay un llamado urgente para todo cristiano: volver constantemente a Cristo. ¿Por qué? Porque somos pecadores, y manchamos constantemente con pecado todo lo que Dios hizo santo.
Te invito a preguntarte querido lector:
¿No es posible que nuestros corazones tergiversen la doctrina?
¿No es posible que buscando una espiritualidad “mejorada”, olvidemos que dependemos de méritos ajenos?
¿No hemos caído en arrogancia al ver en nuestras manos dones preciosos?
¿No será que hemos dejado de adorar al Espíritu Santo y empezado a idolatrar sus dones y manifestaciones?
¿No estaremos diciendo que somos ricos y de nada tenemos necesidad, cuando en realidad somos pobres, ciegos y desnudos? (Apocalipsis 3:17)
En conclusión, no somos quienes para declarar quien tiene un evangelio completo y quien no, no mientras este se ajuste a las escrituras. Es necesario que revisemos día tras día «nuestro evangelio» a la luz de las escrituras, porque puede que queriendo acotar a Dios al molde de nuestra tradición o iglesia, lo que estemos en realidad haciendo, es desmembrar el evangelio.