Quisiera compartir una meditación en torno a la creciente beligerancia que existe de parte de ciertos personajes de redes sociales, contra la existencia de lo que ellos denominan calvinismo, o nuevo calvinismo, dentro de las iglesias pentecostales. Esto posiblemente nace como una reacción al creciente número de fieles que han dejado el mundo pentecostal, para unirse a iglesias históricas de corte reformado; aunque para ser justos, el mundo neopentecostal también se ha nutrido de fieles que han dejado las filas del pentecostalismo.
En los siguientes párrafos compartiré las razones por las cuales creo que esta cruzada anti-calvinista es, primero, deshonesta intelectualmente, y segundo, dañina para el mundo pentecostal, porque en lugar de traer comunión y evitar que se siga generando división en el seno de las iglesias pentecostales, profundiza el problema del éxodo de hermanos pentecostales hacia otras denominaciones.
Primero, el argumento principal de estos paladines de la ortodoxia pentecostal –y aquí reside su deshonestidad intelectual– es unir de manera indivisible a una postura soteriológica particular, en este caso, la visión reformada de la salvación, o simplificándolo muchísimo, la idea que la salvación no se pierde; con una postura pneumatológica particular, en este caso, la idea de que los dones especiales con que el Espíritu Santo se manifestó durante el primer siglo de la iglesia, fueron solamente para aquella generación de creyentes. Esta postura es conocida como cesacionismo. El pentecostalismo, por su parte, tiene una postura pneumatológica opuesta, creyendo y confesando que los dones carismáticos de la iglesia primitiva siguen vigentes hasta nuestros días. A esta postura se le conoce como continuismo.
Por lo tanto, si esta afirmación fuera cierta, es decir, que todo “calvinista” es inevitablemente cesacionista, sería imposible que un pentecostal abrasase las doctrinas de la gracia, o tuviera una postura soteriológica reformada. Y esto, es abiertamente falso. Si bien existe un gran número de cesacionistas dentro del mundo reformado, existen también muchos hermanos, incluso pastores, que son abiertamente continuistas. Por lo que, en principio, no debería haber ningún impedimento para que un pentecostal siga siendo continuista luego de abrazar las doctrinas de la gracia.
Si estudiamos la historia de los avivamientos, de los cuales los pentecostales somos herederos, y llegamos a lo que fue el primer gran despertar en el siglo XVIII, veremos que dos de las figuras principales de dicho avivamiento tenían posturas soteriológicas diferentes. Por un lado, estaba John Wesley, abiertamente arminiano, y por el otro, George Whitefield, confeso calvinista. Esto no fue impedimento para que ambos mantuvieran una amistad hasta el fin de sus días, ni para que fueran instrumentos en las manos de Dios, en uno de los más grandes avivamientos de los últimos siglos. De este avivamiento se originaron dos tipos de metodismos, por un lado, el wesleyano, que se extendió hasta las colonias inglesas en américa, futuro Estados Unidos, y que con el tiempo llegó hasta nuestra tierra de la mano de misioneros como el Pastor Willis Hoover. El otro metodismo fue el calvinista, que se desarrolló principalmente en Gales. En el seno de este metodismo, del metodismo galés, se originó en 1904, posiblemente el primero de los muchos avivamientos que se registraron en la primera década del siglo XX, los cuales dieron a luz al movimiento pentecostal. Con esto quiero reafirmar que, tratar de imponer de forma axiomática la idea de que todo calvinista es cesacionista, es abiertamente una deshonestidad intelectual.
Otro ejercicio deshonesto que se intenta imponer desde estas cruzadas anticalvinistas, es la idea de que existe una sola forma de ser pentecostal, que existe un único pentecostalismo, cuya ortodoxia debe ser defendida a capa y espada, y no pentecostalismos, así, en plural. Y esta idea se cae por si sola al comparar el pentecostalismo estadounidense, de las Asambleas de Dios, con el pentecostalismo nuestro, el chileno, eminentemente metodista. Por ejemplo, en su forma de gobierno de la iglesia, el pentecostalismo asambleísta es congregacionalista; mientras que el metodista es episcopal. Respecto al sacramento del bautismo, el asambleísta es credobautista, es decir, practica el bautismo por inmersión y solo en adultos; mientras que el metodista es paidobautista, es decir, practica el bautismo por aspersión y también lo aplica a infantes. Otra marcada diferencia entre el pentecostalismo estadounidense y el chileno, se relaciona con la evidencia inicial del bautismo del Espíritu Santo; mientras el primero acepta solo las lenguas, el segundo se abre a manifestaciones más allá del hablar en lenguas. Ahora, si queremos llevar la comparación aún más lejos, existen pentecostales que NO son trinitarios, sí, tal como lee; y estos son los pentecostales unicitarios, o conocidos coloquialmente como “Solo Jesús”. Entonces, cabe preguntarnos: de todas estas ¿cuál es la ortodoxia pentecostal que debemos defender?
El pentecostalismo chileno temprano, al que podríamos denominar pentecostalismo hooveriano, fue abiertamente confesional, heredando los 25 artículos de la fe de la iglesia metodista episcopal, junto con todo su ritual, que incluía la santa cena, bautismo, matrimonio, funerales, consagración de templos, etc. Por lo que es importante reconocer, como un ejercicio de honestidad intelectual, que en términos soteriológicos ha sido históricamente arminiano-wesleyano. Así que el hecho de que un pentecostal chileno abrace una soteriología reformada, significaría, en principio, apartarse de ese pentecostalismo hooveriano. Pero la pregunta fundamental aquí es la siguiente: ¿Es el denominado “nuevo calvinismo” la única desviación de aquel pentecostalismo hooveriano o simplemente la única que les incomoda? Porque puedo afirmar con bastante confianza, de que al Pastor Hoover le costaría reconocer un culto pentecostal en una iglesia plagada de símbolos judaicos –bandera del estado de Israel incluida– animados al sonido del shofar; o le generaría abierto rechazo escuchar a un pastor invitar a la iglesia a pactar con Dios y promoviendo la música y creencias del movimiento apostólico profético; quedaría igualmente perplejo al oír a una pastora dictar una charla con contenido abiertamente feminista; le generaría extrañeza ver como en prácticamente todas las iglesias pentecostales se enseña una escatología dispensacionalista; y le produciría profunda tristeza ver como la gran mayoría de las iglesias pentecostales herederas del avivamiento de Valparaíso, nunca le dieron importancia a la confesionalidad metodista que les fue heredada, y sólo en contadas excepciones, se mantuvieron los 25 artículos de fe. Pero lo que por lejos le generaría mayor decepción, es que se esté utilizando su figura solo por pragmatismo, ya que una parte importante del mundo pentecostal chileno lo olvidó por años y prácticamente borró su nombre de esta tradición, pero lo recuerdan ahora sólo para hacer frente a la única desviación del pentecostalismo hooveriano que les incomoda, el calvinismo.
¿Por qué es el calvinismo lo único que les preocupa? Dicen que trae división en las iglesias. Pero ¿acaso las cientos de iglesias pentecostales en Chile, desde los inicios mismos del movimiento, se dividieron por el calvinismo? Ciertamente no, el divisionismo es un mal muy anterior que tiene que ver con mala administración institucional y de recursos, pero los que acusan al calvinismo de dividir a las iglesias nada dicen sobre esto. Dicen que les preocupa porque la gente deja de creer en las manifestaciones del espíritu. Pero la verdad es que hay muchos creyentes dentro de las iglesias pentecostales que adhieren a la soteriología reformada y siguen creyendo en dichas manifestaciones. Dicen que les preocupa porque saca a la juventud de las iglesias. Si bien el éxodo existe y si bien en parte se da por las doctrinas de la gracia, ¿por qué nadie se hace una pregunta desde el otro lado? ¿por qué nadie se pregunta porqué los jóvenes prefieren al calvinismo? ¿respuestas a qué preguntas y dilemas ofrece el calvinismo que las iglesias pentecostales no están ofreciendo?
Se dice, y yo mismo he reconocido unas líneas antes, que el origen pentecostal chileno es arminiano-wesleyano, pero sabemos que es una terminología desconocida para los hermanos, que a veces ni siquiera los pastores la conocen o la manejan correctamente, e incluso, a veces hay iglesias pentecostales cuyos articulados de fe –que tampoco nadie conoce– ni siquiera se refieren a estos temas. Es una herencia que se ha ido perdiendo hace mucho tiempo, y no es la única. Si se va a resucitar a Hoover para tratar este tema, entonces que se resucite para hablar de muchos otros temas, y así sabremos si la palabra “metodista” es digna de ser llevada por iglesias pentecostales que reclaman esa herencia. Yo creo que quedaríamos bastante al debe.
La única doctrina realmente pentecostal que es deber de los pentecostales defender, es la continuidad de los dones espirituales. Por eso puede haber pentecostales que niegan la trinidad y siguen siendo pentecostales, como los unicitarios. Pero si lo que se quiere es defender la doctrina metodista pentecostal heredada por Hoover, entonces hay que defender no solo la trinidad, sino muchas otras doctrinas que han caracterizado a esa tradición. Y, con todo, cuando llegamos al tema de la salvación, que es el que despierta tanta polémica hoy, nos encontramos con que dentro del propio metodismo había una corriente armianiana y otra calvinista –como ya se mencionó anteriormente– y seguían siendo metodismo. Entonces, ¿se puede ser metodista pentecostal y ser calvinista? Por supuesto que sí, porque el distintivo del metodismo no es su concepto de la salvación. ¿Puede convivir dentro de una iglesia de herencia metodista pentecostal un arminiano y un calvinista? Por supuesto que sí, porque el distintivo del metodismo es un tipo de espiritualidad y el del pentecostalismo también, no la doctrina de la salvación. Las iglesias de herencia metodista pentecostal no se llaman iglesia arminiana o iglesia calvinista, y eso es justamente porque su distintivo no está ahí. No obstante, las tendencias judaizantes, neopentecostalizantes, unicitarias y otras, ellas si están fuera de lo metodista y lo pentecostal, incluso los excesos institucionales también están fuera porque no se ajustan a la disciplina metodista que Hoover quiso mantener y que no se ha respetado. Y, aun así, nada de esto causa el escándalo que causa el calvinismo.
Finalizando, existen muchos hermanos pentecostales con soteriología reformada, que se sienten cómodos en sus iglesias, que aman a sus congregaciones y desean seguir aportando dentro de ellas. Hermanos e incluso pastores, que han servido al Señor con esta soteriología particular, respetando a su vez, la soteriología histórica que ha mantenido su denominación; porque han entendido que la pentecostalidad no se define en esta área teológica. El ejemplo histórico más notable de respeto y tolerancia que tiene el pentecostalismo chileno, pese a las diferencias en áreas teológicas no fundamentales para el movimiento, lo representan el matrimonio Hoover. El Pastor Willis Hoover, un confeso paidobautista y abierto defensor del bautismo por aspersión y la hermana Mary Louise Hoover una convencida credobautista, al punto de que, en un viaje a EE.UU. en el año 1914, se llegó a bautizar por inmersión, como relata su nieto Mario Gómez Hoover. Esta diferencia doctrinal no afectó al movimiento pentecostal, y no impidió el hecho de que llegaran a ser posiblemente el matrimonio más influyente de la historia pentecostal chilena. Promovamos pues, esta sana convivencia entre hermanos, no permitamos que las cruzadas por la ortodoxia pentecostal que están emprendiendo algunos, obligue a salir de nuestras iglesias a hermanos que desean permanecer entre nosotros. Aprendamos a reconocer como pentecostales, dónde se deben colocar los énfasis doctrinales, aprendamos a convivir y amarnos, pese a diferencias teológicas de orden secundario; aprendamos pues a disentir en amor.