Ayer, se conoció un nuevo episodio en la larga historia de disputas por propiedades dentro del mundo pentecostal en Chile. El templo de la Iglesia Metodista Pentecostal Cerro Navia Poniente, inscrito bajo una entidad de derecho privado, fue tomado por representantes de la Iglesia Metodista Pentecostal de derecho público, acompañados por un grupo de hermanos.
El conflicto tiene raíces profundas. Este templo pertenecía originalmente a la entidad de derecho público, pero en marzo-abril de 2024, la congregación decidió abandonar esa corporación y acogerse a una personalidad jurídica privada. La decisión se tomó tras múltiples desacuerdos con la estructura jerárquica de la denominación, una situación que no es nueva dentro del pentecostalismo chileno.
Desde la fractura de la Iglesia Metodista Pentecostal en 1932-1933, la disputa por terrenos y templos ha sido una constante. Primero ocurrió con las propiedades que quedaron en la Iglesia Evangélica Pentecostal, luego con la separación entre la IMP pública y privada, y más recientemente con la aparición de PRIMP, que reavivó el debate sobre la titularidad de los inmuebles. Más allá de los aspectos legales, estos conflictos generan un daño profundo en las comunidades de hermanos, que ven cómo los templos que han ayudado a construir con su esfuerzo se convierten en el botín de disputas corporativas.
La construcción de iglesias en el mundo pentecostal es financiada casi exclusivamente por sus propios hermanos. Las corporaciones raramente aportan recursos para levantar los templos, lo que refuerza el sentido de pertenencia de los congregantes con su iglesia local. Para muchos hermanos, el templo no es solo un edificio, sino el fruto de años de trabajo y sacrificio. Sin embargo, en términos legales, cada propiedad queda inscrita bajo una de las corporaciones, lo que significa que, cuando surge una disputa, la congregación puede quedar fuera, pero el inmueble permanece bajo control institucional.
La pregunta es inevitable: ¿es legítimo que una iglesia local que ha agotado todas las instancias de diálogo institucional decida salir de una corporación? Desde una perspectiva legal, la respuesta puede ser discutible, pero desde una mirada ética y pastoral, la legitimidad parece incuestionable.
Los estatutos corporativos deben respetarse, pero el problema de fondo no es jurídico, sino estructural. Lo que está en juego es un modelo de autoridad eclesiástica que, a ojos de muchos hermanos, se asemeja más a un patronazgo feudal que a un liderazgo basado en el servicio. Este modelo, vigente desde la división de 1932, choca con una realidad contemporánea que demanda mayor transparencia, democracia interna y respeto por las comunidades.
El liderazgo cristiano, según el propio Evangelio, debería sustentarse en el amor y el cuidado de los hermanos. Jesús lo dejó claro en su llamado a Pedro:
“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:15-17)
En su obra El precio de la gracia, Dietrich Bonhoeffer advertía: “La autoridad pastoral solo podrá hallarla aquel servidor de Jesús que no busca su propia autoridad; aquel que, sometido a la autoridad de la Palabra de Dios, es un hermano entre los hermanos.”
El conflicto por los templos es solo la manifestación de un problema mayor: la incapacidad de algunas estructuras eclesiásticas para evolucionar con su tiempo. La disputa por propiedades y la imposición de liderazgos sin consulta a las congregaciones son síntomas de un modelo que, tarde o temprano, se verá obligado a cambiar.
Al final del día, el Evangelio no trata sobre terrenos ni estructuras corporativas, sino sobre personas. Como dice el Evangelio de Juan:
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.” (Juan 17:22)
¿Puede una iglesia ser verdaderamente cristiana cuando las disputas por terrenos dividen y hieren a los hermanos?, ¿Qué tiene más valor: la posesión de un edificio o la unidad del cuerpo de Cristo? Si los templos fueron construidos con el esfuerzo y los recursos de los hermanos, ¿por qué son las estructuras jerárquicas las que deciden sobre ellos? ¿Es legítimo que las corporaciones impongan su autoridad sobre congregaciones que no desean ser parte de ellas? Esperamos que este conflicto pueda resolverse con diálogo y sensatez, y que las congregaciones no sean, una vez más, las víctimas de una lucha de poder que poco tiene que ver con la fe.