Jeannette Jara y la súbita búsqueda del voto evangélico: un acercamiento tardío

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*Por Lukas Montecinos

En cada ciclo electoral aparece el mismo gesto: candidaturas que, a pocos meses de la votación, buscan aproximarse al mundo evangélico como si se tratara de un sector disponible para ser conquistado mediante gestos protocolares, reuniones puntuales o frases cuidadosamente redactadas sobre “el aporte de las iglesias”. Lo hemos visto antes, pero en el caso de Jeannette Jara el fenómeno adquiere otra dimensión, porque su candidatura representa a un partido cuya tradición ideológica se ha construido en abierta tensión con la fe cristiana.

En los últimos años algunos creyentes han visto en ciertos proyectos de izquierda una vía posible, pero casi siempre desde un único ángulo: lo social. El énfasis recae en políticas públicas de asistencia, redistribución y bienestar material. Sin embargo, como advierte Mariñoso Ortega, la espiritualidad cristiana no puede reducirse a elementos sociológicos, porque “la vivencia cotidiana de la espiritualidad cristiana entra en contradicción con la praxis marxista” (Ortega, 2024, pág. 2). Es decir: lo social no basta para construir puentes.

Este fenómeno ha permitido la ilusión de una alianza, pero no ha generado una verdadera convergencia. Se ha construido sobre un aspecto parcial (la acción social) sin considerar que para el pueblo evangélico la fe no puede fragmentarse. No existe misión sin espiritualidad, ni servicio sin convicción moral, y cualquier intento por reducir la vida cristiana al plano del bienestar material termina ofreciendo una imagen incompleta de aquello que las comunidades realmente son.Por eso, cuando una candidatura comunista intenta articular un diálogo tardío con lo evangélico, lo que aflora no es hostilidad, sino escepticismo fundamentado: la distancia no es solo política; es teológica, doctrinal y práctica.

Una distancia ideológica que no se resuelve con gestos

La tradición marxista sostiene una visión materialista de la historia. Feuerbach, cuya influencia sobre Marx es ampliamente documentada, definía la religión como expresión de la esencia humana y no de lo divino (Feuerbach, 2013, pág. 65). A partir de ahí, Marx concluye que la religión es una construcción social que debe ser superada para alcanzar la verdadera emancipación (Marx, 2018, pág. 146). Esto no es un detalle. Implica entender la religión como fenómeno súper estructural, como expresión de un orden social al que se aspira superar. Esa visión, aunque muchos militantes la moderen en lo práctico, sigue siendo el marco doctrinario del partido.

Frente a ello, el evangelicalismo chileno mantiene una convicción práctica, pastoral y teológica: la persona humana es más que estructura y más que materia; es criatura ante Dios, y desde esa convicción se desprenden sus sentidos de comunidad, moralidad, misión y servicio. No son accesorios sociológicos; son parte de la identidad creyente.

Por eso, cuando una candidatura con raíz marxista intenta articular un diálogo tardío con lo evangélico, lo que aflora no es hostilidad, sino escepticismo realista. No existen puentes ideológicos sólidos. Lo que existe, y ha existido, son momentos de conveniencia electoral.

Un programa de gobierno que reconoce, pero no acompaña.

El programa de Jara dedica un apartado a los “Asuntos Religiosos”, destacando el aporte de las iglesias y proponiendo: institucionalizar programas de reconocimiento; sumarlas al Día de los Patrimonios; modernizar el Registro de Entidades Religiosas; fortalecer capellanías en instituciones públicas (Programa «Un Chile que Cumple», 2025, pág. 107).

Estas medidas, aunque valorables en lo procedimental, no alcanzan a resolver la cuestión de fondo: la distancia histórica del PC respecto a una cosmovisión cristiana-evangélica. Mientras el programa promete una “laicidad colaborativa”, la teoría marxista clásica sostiene que la religión debe ser desplazada al ámbito privado para permitir la emancipación política. Incluso el mismo Lenin advertía que la prioridad es la revolución, no el debate religioso, afirmando que “la unidad para crear el paraíso en la tierra es más importante que el paraíso en el cielo” (Lenin, 2020, pág. 19).

Las menciones del programa son administrativas y tecnócratas, pero no valóricas; No hay desarrollo teórico, ni comprensión sociológica profunda, ni lectura de las comunidades de fe como actores espirituales con vocación misional, sino como organizaciones útiles en materia social, como lo podría ser cualquier otra ONG. Esto termina transformándose en una aproximación estatal, no un acercamiento desde la convicción y eso, para un pueblo religioso, se nota.

El gran ausente: el compromiso con la libertad religiosa integral.

Aunque el discurso oficial del programa habla de “laicidad colaborativa” y promueve medidas administrativas dirigidas a las iglesias, este lenguaje contrasta fuertemente con otras secciones del mismo documento que promueven una agenda moral incompatible con la fe cristiana. El programa dedica un apartado extenso a lo que denomina “avances en autonomía de las mujeres”, donde se establece explícitamente la continuidad y ampliación de políticas de aborto. En la página 72 señala:

“En dicha dirección, daremos continuidad a la tramitación del proyecto de ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana catorce” (Programa «Un Chile que Cumple», 2025, pág. 72).

El mismo apartado continúa promoviendo una redefinición de aspectos esenciales de la antropología bíblica, incluyendo políticas de identidad de género, educación sexual desligada del rol formativo de los padres, y el reconocimiento estatal de nuevos modelos de familia que contradicen el diseño cristiano tradicional. Nada de esto es un detalle. Estas propuestas no aparecen en un anexo ni como aspiraciones secundarias; forman parte del núcleo programático de la candidatura.

Esto explica por qué para un amplio sector del mundo evangélico resulta incongruente que un programa que impulsa transformaciones tan profundas en materias de vida, sexualidad y familia busque, simultáneamente, el respaldo de las iglesias para funciones sociales o ceremoniales.

La colaboración administrativa no puede ocultar la distancia doctrinal, y mucho menos reemplazar la defensa de convicciones espirituales que son parte esencial de la misión cristiana.

Mientras la fe evangélica pide libertad para vivir, actuar y servir desde su identidad espiritual, el PC ha entendido esa libertad como un riesgo para sus proyectos culturales. No se trata de diferencias menores, sino de un choque entre dos visiones de vida: una que entiende al hombre como ser trascendente y otra que lo reduce a categoría política. Para la fe evangélica, la vida no se fragmenta: lo espiritual y lo moral no pueden separarse de lo social, y cualquier proyecto político que pretende disociarlos terminará inevitablemente entrando en conflicto con las convicciones más profundas de la iglesia.

Militancia digital y teologías improvisadas.

En las últimas semanas han surgido grupos de creyentes que, desde redes sociales, se han movilizado con una intensidad poco habitual, promoviendo la candidatura de Jeannette Jara casi con fervor militante. Publican videos, hilos, reflexiones y largas justificaciones del programa completo, defendiendo incluso aquellos puntos que claramente contravienen principios bíblicos. Cada crítica es respondida como si estuvieran por “desenvainar la espada”, preparados para una guerra cultural donde su misión es blindar la candidatura por encima de cualquier discernimiento espiritual. En ese clima, algunos de los defensores más entusiastas han llegado incluso a teologizar su apoyo político, afirmando, sin rigor hermenéutico y con evidente desesperación, que “Jesús fue el primer comunista” porque ayudó al prójimo, habló de justicia y mostró preocupación por los pobres, aunque ese argumento no sólo es históricamente insostenible; es bíblicamente incorrecto. Jesús no organizó revoluciones materiales, no promovió colectivización económica, no subordinó la fe a un proyecto político, no abolió la propiedad privada ni estableció estructuras de planificación social. Su Reino no es de este mundo.

Por eso, cuando surge un acercamiento electoral tardío, la pregunta que flota en el ambiente no es si es legítimo, toda candidatura puede buscar diálogos, sino si es coherente. Y la respuesta, desde una lectura socio-teológica, parece clara: no lo es.

El PC no ha acompañado al mundo evangélico en sus discusiones valóricas, ni en sus necesidades jurídicas, ni en sus luchas por reconocimiento público. Tampoco ha reconocido su identidad espiritual como algo más que un actor social útil. Ha estado ausente cuando las Iglesias lo necesitaban, pero presente cuando el calendario electoral lo hacía conveniente.

Conclusión: una invitación a la memoria histórica y espiritual.

El pueblo evangélico no es un actor improvisado en la historia social chilena; Ha construido comunidad desde abajo, sin amparo partidario y sin solicitar favores políticos. Esa trayectoria le ha otorgado un discernimiento particular: sabe distinguir entre un diálogo honesto y una maniobra tardía.

La candidata Jeannette Jara tiene derecho a buscar acercamientos; pero las iglesias también tienen derecho y responsabilidad de leer esos gestos con memoria histórica y espiritual. No se trata solo de evaluar programas sociales, sino de reconocer la distancia entre una fe que vive desde la trascendencia y un proyecto político que ha reducido al ser humano a una categoría material, económica o utilitaria.

Cuando una candidatura se relaciona con la iglesia únicamente desde lo social, está invitando a los creyentes a poner su corazón y su mente en lo terrenal, en aquello que se agota, se deteriora y no transforma la vida desde su raíz espiritual. Se mira al evangélico como un gestor comunitario, no como un peregrino cuya esperanza no se funde en este mundo. Pero para la iglesia, la misión no puede fragmentarse: ¿lo social importa? sí, pero nace desde lo espiritual; y lo espiritual es lo que permanece.

Esa convicción ha sostenido al movimiento pentecostal por más de un siglo: la certeza de que somos peregrinos, de que nuestra ciudadanía está en los cielos, de que ninguna agenda política, menos aún una que intenta absorber la fe a categorías ideológicas, puede reemplazar la obra que Dios realiza en el corazón.

Por eso, en tiempos de promesas rápidas, el discernimiento se vuelve una virtud evangélica mayor: recordar quién busca un encuentro real con la fe y quién solo se acerca cuando los votos empiezan a contar, porque ha olvidado que el cristiano vive por convicción eterna y no por beneficios temporales.

Bibliografía

Feuerbach, L. (2013). La esencia del cristianismo. Madrid: Editorial Trotta.

Lenin, V. I. (2020). Acerca de la religión. Madrid: Prokomun Libros.

Marx, K. (2018). Manuscritos de economía y filosofía. Madrid: Alianza Editorial.

Ortega, M. M. (2024). Cristianismo y marxismo: aproximación a la vinculación de la militancia creyente. Revista Izquierdas.

Programa «Un Chile que Cumple». (2025). Programa «Un Chile que Cumple». Obtenido de https://drive.google.com/file/d/1Ppf6IZsmKQang337f5-q5IYaDn7ihcdE/view