Estamos en el mes de la Reforma protestante, y el mundo pentecostal no es indiferente a esta fecha tan significativa. Cada denominación puede extraer sus propias lecciones de este evento, y el pentecostalismo chileno no es la excepción.
La reforma, o los reformadores propiamente tal, polemizaron acerca de temas teológicos, que en principio parecerían alejados del creyente más sencillo de la cristiandad de su época, sin embargo, cada una de estas doctrinas impactaron directamente la vida de la iglesia en su día a día. Esto último, la piedad personal y corporativa de la iglesia, es un factor que se vio altamente impactado debido a las polémicas de la reforma. Considerar este periodo como algo “solo” del pasado es un error, uno de los lemas de la reforma fue ecclesia reformata semper reformanda, básicamente un recordatorio de que debido a la naturaleza pecaminosa del hombre, siempre necesitamos estar reformándonos.
El pentecostalismo chileno, nacido del avivamiento de Valparaíso en 1909, y al cual me referiré de manera exclusiva en este artículo, puede tomar este lema y aplicarlo a sí mismo, como seguramente puede hacerlo cada denominación existente. En particular, analizaremos la figura del obispo pentecostal —o superintendente, en otros casos— como una especie de “pequeño Papa” dentro de su propio entorno, presentando así un desafío tanto a los fieles laicos como al pastorado de estas iglesias.
Me refiero a un pequeño Papa, o a la papalización del obispado pentecostal, al considerar el excesivo uso de autoridad, contrario incluso a las Escrituras, que se ha observado en los obispos y superintendentes pentecostales. Hoy en día, en la mayoría de los casos, son hombres intocables, contra los cuales no hay crítica, ni denuncia que valga. Con una adhesión a sus figuras en la que son casi divinizados. La mayoría de pentecostales tiene algún conocimiento de casos de este tipo en iglesias pentecostales, es decir, casos en que el obispo ha dejado de ser un pastor, para convertirse en un señor de la Iglesia; situaciones de abuso de poder, como las que observó Lutero y los demás reformadores; deformaciones doctrinales de gran escala y apego excesivo a una tradición que dicen conservar; casos como estos nos recuerdan al Papado de la época de Lutero, lo lamentable, es que no son casos del pasado, sino del presente de la iglesia pentecostal. Dicho de otro modo, lo que tenemos delante no es meramente un problema teológico intelectual, sino un asunto de teología práctica, en la que el uso indebido de la autoridad religiosa termina por dividir y aplastar una obra que podría ser mucho mayor.
Veamos el principal argumento para sustentar esta papalización del obispado pentecostal.
El concepto de autoridad “ungida” por el Señor
El término “ungido” es muy común en el mundo pentecostal para referirse al pastor de una congregación, y más en específico, según nuestro caso, al obispo de una denominación. Encontramos que son innumerables los teólogos, de distintos sectores que consideran que este uso no está del todo correcto, o por lo menos, que se genera aquí un abuso de este.
Consideremos, de forma breve, el asunto del ungido del Señor. El pasaje más conocido, y al que normalmente se hace referencia para esgrimir el argumento a favor es 1 Samuel 24:6: “Y dijo a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová”. Observemos que David solo se refiere a no matar a Saul, no está dentro de su contexto la imposibilidad de cuestionarlo, o incluso de confrontarlo.
Los tres oficios ministeriales del Antiguo Testamento que requerían de la unción del Señor —profeta, sacerdote y rey— ven su cumplimiento en Cristo, el verdadero Ungido del Señor.
Un último aspecto por considerar en contra de este uso es la defensa de Pablo, quien era apóstol del Señor, en 2 Corintios cap. 10 y ss.; el argumento de Pablo para defender su labor ministerial consta más bien de la humillación y de su compromiso con el evangelio, en lugar de una supuesta unción que le eleve por sobre el resto. Si ser ungido del Señor hubiese tenido algún peso argumental, sin duda Pablo lo habría usado para establecer una defensa sin espacio para dudas. ¡Es claro que no lo hizo!
Si en el mundo evangélico, y en específico el mundo pentecostal, el pastor es “un” ungido del Señor, ¿Qué es el obispo —superintendente— pentecostal?
Para no especular, consideremos lo que el mismo pentecostalismo criollo dice de sus obispos. Una revista de circulación interna de la Iglesia Unida Metodista Pentecostal, refiriéndose al Obispo San Martín dice: “como pionero y único Obispo con unción Patriarcal”[1]. En una revista de origen Metodista Pentecostal, fechada en 2011, la nota editorial al referirse al Obispo Eduardo Durán dice: “No dudamos que el mismo Dios que en todo instante dirigió e inspiró a los recordados Obispos Manuel Umaña Salinas y Javier Vásquez Valencia, le dará al Ungido de Dios, Reverendo Obispo Eduardo Durán Castro…” [Énfasis añadido]. En el libro de la historia del avivamiento pentecostal en Chile, editado por la Iglesia Evangélica Pentecostal, en la introducción se refiere a Hoover como: “fundador, primer pastor y primer Superintendente de nuestra Misión, y el siervo elegido de Dios”[2]. Frases como estas elevan la figura de un hombre al nivel de Cristo mismo, “el Ungido de Dios, el siervo elegido de Dios” revelan demasiado acerca de cómo, al menos el pastorado, percibe a sus autoridades, mostrando con ello una excesiva reverencia que raya, por lo menos, al límite de la correcta doctrina cristiana.
El uso primigenio de esta frase se traspasó de forma tal a las generaciones posteriores que para todo pentecostal —insisto, de la tradición pentecostal chilena— no es novedad que, localmente la figura del pastor se ensalce por sobre el resto de la iglesia, para luego, por sobre él, levantar la figura del obispo como la de un hombre que está por sobre todo y todos.
Hace no mucho tiempo atrás, en un reunión de pastores de una denominación pentecostal, un pastor refiere las siguientes palabras: “La palabra de mi Obispo es ley, se obedece, no se discute”. Aducía además que fue instruido de esa manera desde su infancia misma. Caso similar ocurre con las demás iglesias pentecostales, no estar de acuerdo en alguna frase con el Superintendente u Obispo es señal de la mayor rebelión posible. Sobre el cómo es que las congregaciones aceptan esta estructura jerárquica tan rígida, de obediencia total, el sociólogo Christian Lalive comenta que “son aceptadas voluntariamente por los fieles”[3]. Y claro, cómo no hacerlo, si es parte de la cultura pentecostal, implantada desde tiempos bastante tempranos.
Este énfasis en divinizar, o al menos ensalzar excesivamente, la figura de un superintendente se puede observar no solo en el día a día del pentecostalismo, o en sus propios escritos como ya hemos visto, sino además en el desarrollo estatutario de estas iglesias. Veamos a modo de ejemplo el caso de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Un análisis hábilmente realizado por el podcast “La Última Banca”, revela que esta cuestión está impregnada en el corazón mismo de las estructuras organizativas pentecostales chilenas. En el citado video, se hace expresa mención al aumento de la autoridad del Superintendente, quien inicia siendo una especie de primus inter pares, para finalmente ser la autoridad incuestionable de una iglesia. Veamos un poco más en detalle este aspecto. En dicho podcast se exploran los Estatutos de 1929 de la Iglesia Metodista Pentecostal —época en que la IMP y la IEP eran una sola— sin encontrar mención alguna a la autoridad; luego, en 1940, en los estatutos de la IEP se deja constancia que: “Las autoridades de la Iglesia Evangélica Pentecostal, son: la Conferencia de Pastores y el Directorio de la Corporación. La Conferencia de Pastores o Miembros Calificados es la autoridad máxima y suprema de la Iglesia Evangélica Pentecostal”[4], con una leve modificación en 1966 donde se agrega que la Conferencia Anual de Pastores “delega, expresamente sus más amplias facultades en todo lo relacionado con el orden espiritual de la iglesia, en el Cuerpo de Presbíteros”[5], para llegar finalmente, al estatuto actual de dicha iglesia en el que se modifica completamente el orden regular de cada autoridad, añadiendo incluso una nueva: “uno) El Superintendente, dos) El Cuerpo de Presbíteros, tres) La Conferencia General, cuatro) El Directorio de la Iglesia”. Para el caso de la IMP —sin la IEP— en el año 1950, su estatuto habla acerca de quién dirigirá la iglesia, situando en primer lugar a la Conferencia Anual, y en quinto lugar al obispo; una nota importante es que, al menos en el papel, esta iglesia consideró la posibilidad de destituir al obispo mediante el uso de la autoridad de la conferencia. Pese a lo anterior, es en este mismo estatuto que el cargo de obispo se considera como vitalicio, lo que, de una u otra manera, contribuye fuertemente a la papalización del obispado. Algo que por supuesto la IEP incluirá posteriormente en sus estatutos del año 2000
En el podcast mencionado anteriormente, se cita la revista La Voz Pentecostal N° 41, de septiembre de 2004, con motivo de la exhumación del cuerpo del Obispo Umaña, en la cual, al observar que el cuerpo del Obispo se había conservado milagrosamente, sus fieles comentan: “la vista de este milagro nos trajo a la memoria el versículo bíblico que dice: ‘no permitirás que tu santo vea corrupción’”[6]. Al respecto de la frase uno de los comentaristas del podcast, señala: “es muy grave, porque es una deformación absoluta de un versículo bíblico, es darle un estatus mesiánico a un hombre. Es colocarlo a la altura misma de Cristo, y esto involucra pecado”[7]. Con esta afirmación, deberíamos estar de acuerdo todos los creyentes, y es que el asunto pasa a ser —como ya antes se ha esbozado también— un asunto cristológico.
La papalización del obispado pentecostal
Pero esta mitología levantada alrededor de estos señores de la fe pentecostal no es nueva, hay similitudes demasiado evidentes entre este sistema y el papado de Roma —al menos ese papado que conocieron Lutero y los demás reformadores—.
El Catecismo de la Iglesia Católica, dice acerca del Papa: “es la cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra”[8]. El vicario, por otro lado, es alguien que representa, con todo poder y facultades, a otra persona. ¿No es acaso un asunto cristológico también?
José Grau, con relación al origen del papado, nos comenta que en el primer siglo “ninguna iglesia dominaba a las demás. Había absoluta igualdad entre ellas”[9]. Luego, respecto del gradual cambio hacia una autoridad plenipotenciaria nos informa: “pronto, sin embargo, surgieron ideas extrañas a la revelación apostólica, bajo la excusa de querer preservar mejor la catolicidad de la Iglesia”[10], una de estas ideas extrañas, a principios del siglo II es la idea de “organizarse jerárquicamente bajo una disciplina episcopal (de episkopos=obispo) y un ministerio sacerdotal completamente sujeto a ella”[11]. Esta idea jerarquizadora, nos comenta, “fue alimentada por la noción afín del sacerdocio especial como de institución divina. Los conceptos del Antiguo Testamento fueron aplicados a los que presidian en las iglesias”[12].
Hasta este punto en la historia, el papado aún no ha aparecido como tal, pero está incipiente, y las bases de este —al menos el papado que conocieron los reformadores— se estaban sentando en la cristiandad. A menudo en el ambiente pentecostal se ha hablado del Obispo Superintendente como la “cabeza” de la iglesia, es decir, como aquel miembro único e irremplazable, sin el cual, el cuerpo no puede tener ni vida ni control. La idea del superintendente como catalizador de la unidad sirvió a tal propósito durante algún tiempo, finalmente, el pentecostalismo es la fuerza cristiana evangélica más grande en nuestro país. Pero, al igual que la figura papal del Catolicismo Romano, ha devenido en una autoridad sin parangón, en un vicario del verdadero Cristo, un ungido y siervo elegido del Señor.
Esta idea de una cabeza que dirige, una autoridad unificadora y representativa de Cristo, ha estado presente en el pentecostalismo de forma muy marcada, Lalive, comenta respecto de la organización del poder dentro de una comunidad local de pentecostales: “Entre los pentecostales, el pastor dirige la iglesia aconsejado solamente por la junta”[13]. Sobre esto mismo Lalive reconoce: “De este modo, la maximificación del poder pastoral se acompaña de la minificación del poder del consejo, cuya composición, por otra parte, depende también del pastor”[14].
Es interesante que Lalive comente respecto de la autoridad del superintendente u obispo pentecostal, en el año 1968 —casi como un eco de lo estipulado en el Estatuto de 1966— que: “el dirigente pentecostal, aunque sea un jefe carismático, no es un déspota. No puede serlo, a menos que se encuentre a la cabeza de un cuadro ultimo de incondicionales. Podrá ser muy influyente, muy persuasivo; pero no podrá pasarse sin el acuerdo voluntario de sus subordinados”[15]. ¡Qué diferencia hay luego de casi 60 años! Grau nos presenta un desarrollo similar en lo que respecta al paso de la iglesia Católica Antigua al Catolicismo Romano: “Y entramos de lleno, en la época Católica-romana… El primado de Roma ya no será más un primado de honor o de jurisdicción, o arbitraje, sino un primado universal de gobierno”[16].
Conclusión
Volviendo sobre nuestros pasos, y considerando la fecha que nos convoca, recordemos lo que hicieron, grosso modo, los reformadores al encontrarse con el poder eclesiástico concentrado en un solo hombre. Lo que hicieron fue guiar a la iglesia en busca de la autoridad en otro lugar, en uno verdaderamente infalible, en la Escritura. Ello implicó suprimir la figura del vicario de Cristo, con la subsecuente decadencia de su gobierno universal. ¿Cómo lo hicieron? Con certeza, podemos decir que mediante el estudio sistemático de las Escrituras.
Un movimiento que logró tocar los sectores más olvidados de la sociedad, una iglesia que surgió porque en sus lecturas bíblicas se encontraron con el Espíritu empoderando a los cristianos para la labor evangelística, puede encontrar nuevamente un elemento vivificador en las Escrituras, no para erradicar necesariamente la figura del Obispo o Superintendente, sino al menos para normarla, delimitarla y encausarla correctamente.
El pentecostalismo parece estar en una cautividad episcopal, preso de sus propios obispos y superintendentes, y será solo la Escritura, usada correctamente por los ministros de la Palabra, la que nos liberará de tal opresión.
Referencias
“Catecismo de la Iglesia Católica”. Consultado el 25 de octubre de 2024. https://multimedia.opusdei.org/doc/pdf/catecismo20231031082545127124.pdf.
Díaz, Daniel, y Hans Köhler. “La última banca – podcast”. Desarrollo de la autoridad en la IEP e IMP. Consultado el 25 de octubre de 2024. https://youtu.be/t41JKQl1CbI?si=muA8pYUlHUza2TCg.
Gonzaga, Javier. Concilios. Grand Rapids, Michigan: International Publications, 1965.
Historia del avivamiento, origen y desarrollo de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Santiago, Chile: Imprenta Eben – Ezer, 1978.
Iglesia Unida Metodista Pentecostal. “Revista 50 años Iglesia Unida Metodista Pentecosta, edición especial anuario”, 2016.
Lalive d’Epinay, Christian. El refugio de las masas. Santiago, Chile: Editorial del Pacifico, S. A., 1968.
[1] Iglesia Unida Metodista Pentecostal, “Revista 50 años Iglesia Unida Metodista Pentecosta, edición especial anuario”, 12.
[2] Historia del avivamiento, origen y desarrollo de la Iglesia Evangélica Pentecostal, 9.
[3] Lalive d’Epinay, El refugio de las masas, 100.
[4] Díaz y Köhler, “La última banca – podcast”.
[5] Díaz y Köhler.
[6] Díaz y Köhler.
[7] Díaz y Köhler.
[8] “Catecismo de la Iglesia Católica”.
[9] Gonzaga, Concilios, 17.
[10] Gonzaga, 17.
[11] Gonzaga, 17.
[12] Gonzaga, 19.
[13] Lalive d’Epinay, El refugio de las masas, 100.
[14] Lalive d’Epinay, 100.
[15] Lalive d’Epinay, 120.
[16] Gonzaga, Concilios, 275.