Raíces Firmes: Teología y Origen del Pentecostalismo Chileno – Por Edwin Montecinos

*Edwin Montecinos Lazo. Pastor presbítero Iglesia Metodista Pentecostal de Chile

 Un legado que no puede ser olvidado         

Hablar del pentecostalismo chileno es mucho más que repasar una cronología de hechos y nombres. Es recuperar una herencia teológica que brota de una experiencia profunda de santidad, avivamiento y reforma. No nació de la nada, ni fue meramente importado. Sus raíces están ancladas en la tradición wesleyana del metodismo, y su desarrollo local ha sido un testimonio del obrar del Espíritu en contextos concretos, muchas veces ajenos al protagonismo institucional o académico.

En los albores del siglo XX, el pentecostalismo en Chile tomó forma desde la Iglesia Metodista Episcopal de Valparaíso, bajo la guía del pastor Willis C. Hoover. Las vigilias de oración, la expectativa del bautismo del Espíritu Santo, y la convicción de una vida regenerada por el poder divino no fueron imposiciones doctrinales externas, sino frutos de una experiencia comunitaria genuina. Como escribió el propio Hoover en su autobiografía, tras su separación de la Iglesia Metodista Episcopal en 1910:

“Soy tan metodista (aún mejor) ahora como antes en cuanto a las doctrinas de salvación y santificación” (Hoover, 2006, pág. 70)

Este despertar espiritual no se comprende sin mirar atrás, hacia el metodismo inglés que, en palabras de Juan Sepúlveda, se alimentaba de un estilo de vida metódico, disciplinado, comprometido con la lectura bíblica, la oración y la acción misionera.

“Del carácter metódico de este estilo de vida dedicado a la devoción, el estudio diario de la Biblia, la visita a las cárceles y la comunión semanal, surgió el apelativo metodista” (Sepúlveda, 2023, pág. 33).

Wesley, teólogo del fuego del corazón, no concibió la vida cristiana como una mera conversión puntual, sino como una carrera hacia la santificación, una “segunda obra de gracia” entendida como perfección cristiana. Ese fue también el horizonte teológico del pentecostalismo que emergió en Chile.

Pentecostalismo sin espectáculo

Muchos relatos sobre el origen del pentecostalismo hacen énfasis en lo espectacular: lenguas, milagros, manifestaciones. Pero la historia chilena ofrece un contrapunto necesario. Según Sepúlveda:

“La doctrina sobre la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu, propia del avivamiento norteamericano, no tuvo una influencia determinante en el avivamiento de Valparaíso” (Sepúlveda, 2023, pág. 85)

Así, la experiencia del Espíritu en Chile no se centró en la glosolalia como prueba obligatoria, sino en la vida transformada. El fruto del Espíritu (Gálatas. 5:22–24) fue considerado una señal más confiable de la presencia divina que cualquier manifestación puntual.

También resulta clave la observación del sociólogo Christian Lalive d’Epinay, quien destaca que:

“El foco chileno, sin ser uno de los principales ni de los más espectaculares, tiene una originalidad que le viene de haber estallado en un país católico y de que su relación de dependencia respecto al exterior fue, desde su nacimiento, de las más débiles” (Lalive-d’Epinay, 1968, pág. 44).

En tiempos en que ciertas corrientes buscan estandarizar la experiencia pentecostal bajo marcos doctrinales externos, es vital levantar la voz para recordar que nuestra identidad no necesita ser corregida ni adaptada. El pentecostalismo metodista chileno ha adherido desde sus inicios a los credos trinitarios (Nicea, Constantinopla, Calcedonia), a las cinco solas de la Reforma, a los cinco artículos arminianos y los veinticuatro artículos metodistas. Asimismo, se reconoce en la estructura teológica de Albert B. Simpson, quien presenta a Cristo como “Salvador, Santificador, Sanador y Rey venidero”.

Como señaló Hoover, la iglesia nacida en 1910 se llamó Primera Iglesia Metodista Pentecostal porque:

“Es metodista porque tuvo su origen en la Iglesia Metodista Episcopal… y es pentecostal porque creen que los acontecimientos del Día de Pentecostés eran la inauguración… que debía permanecer hasta el regreso de Cristo” (López, 2017, pág. 210).

Volver al fuego, no al ruido

Volver a nuestras raíces no es retroceder: es resistir el olvido, es desafiar el conformismo. Es recordar que nuestro pentecostalismo nació de rodillas, en oración, en comunidades pobres que soñaban con el cielo y caminaban con los pies en la tierra. Es reencontrarse con la santidad no como una regla, sino como un estilo de vida. Con la salvación no como discurso, sino como experiencia. Con el Espíritu no como espectáculo, sino como poder transformador.

En tiempos donde abundan modelos ajenos y urgencias doctrinales foráneas, reafirmar nuestra identidad metodista pentecostal no es un gesto de encierro denominacional, sino una expresión de fidelidad teológica y coherencia espiritual.

Es necesario rescatar nuestra tremenda herencia metodista y nuestra enriquecedora teología que nos ayudarán a permanecer firmes ante influencias religiosas que no tienen nada que ver con la Iglesia Metodista Pentecostal.


Referencias

Hoover, W. (2006). Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Edición IEP.

Lalive-d’Epinay, C. (1968). El refugio de las masas. Santiago: Edición CEEP.

López, M. (2017). Historia de la Iglesia Evangélica Chilena. Editorial SBCH.

Sepúlveda, J. (2023). Pentecostalismo a la Chilena: Particularidades, rasgos teológicos y su impacto en la sociedad. Ediciones Universidad Alberto Hurtado.