Metodismo Pentecostal y el don de lenguas – por Daniel Díaz Romero

En este breve ensayo quisiera invitarles a meditar en torno a la relación histórica que ha habido entre el pentecostalismo chileno y el don de lenguas. Esta es sólo una de las aristas en las que se manifiesta con mayor claridad la identidad particular del pentecostalismo nacional, que se originó de forma independiente y se desarrolló en paralelo al pentecostalismo americano de la calle Azusa, en Los Ángeles, California.[1]

La identidad del pentecostalismo chileno ha sido, desde sus orígenes, eminentemente metodista, ya que el expreso deseo de su fundador, el Pr. Willis Hoover, fue que el movimiento perseverara en la doctrina metodista en la que él había sido formado. Así se aprecia en sus palabras a la revista Latter Rain Evangel, de febrero de 1921, donde afirmaba:

“Cuando nos separamos, había unos pocos que pensaban que debíamos borrar toda memoria de que habíamos sido metodistas, y que nosotros debíamos formular nuestro propio credo y reglas de gobierno, pero yo les dije que siempre habíamos prosperado bajo el gobierno metodista y que habíamos sido guiados por la Disciplina, y que no nos habíamos desviado de aquellas doctrinas en ningún grado durante el avivamiento, y que, por lo tanto, no veía ninguna razón para cambiarlas. Continuamos siendo guiados por la Disciplina, aunque no rígidamente limitados por ella, y nos hemos salvado de la necesidad de estudiar y discutir y disentir sobre formas de expresión, términos y materias en las que de corazón estábamos de acuerdo”.[2]

También, en su libro Historia del Avivamiento Pentecostal en Chile, explica de la siguiente manera, por qué la nueva congregación tomaría el nombre de Iglesia Metodista Pentecostal:

“Es Metodista porque: tuvo su origen en la Iglesia Metodista Episcopal cuando se predicaba con más fervor y se practicaba con más energía que nunca la Palabra de Dios conforme a las enseñanzas de Juan Wesley, el fundador del metodismo. No fue la separación por ningún desacuerdo que tuviera con los principios o doctrinas del metodismo. Sigue el mismo régimen y disciplina del metodismo, aunque no se siente obligada a ello. Lo hace por encontrarlo útil y conveniente”.[3]

Por esta razón, el pentecostalismo chileno posee características particulares, tanto en organización eclesiástica como en doctrina, que lo diferenciaron del pentecostalismo americano en temas como el gobierno de la iglesia y el bautismo. Mientras el pentecostalismo de la calle Azusa tenía una estructura eclesiástica congregacionalista y confesaba el credobautismo, el pentecostalismo chileno continuó con el episcopalismo y paidobautismo metodista.

Esta idea es reforzada en el Libro de Oro, escrito como ocasión del cincuentenario de las Asambleas de Dios en Chile, donde se menciona que luego de la visita de los esposos Ball a Chile en 1941, las Asambleas deciden abrir su propia obra en Chile y no cooperar con el pentecostalismo chileno. Y la razón de dicha decisión la explican de la siguiente manera:

“La obra pentecostal en Chile había desarrollado algunas características propias, y sus líderes no querían nada que oliera a dominación por una organización foránea. También sus doctrinas sobre el bautismo de niños, la evidencia del bautismo en el Espíritu Santo y el sistema de gobierno eclesiástico diferían en algo de lo establecido en las Asambleas de Dios. Fueron pocos los pentecostales chilenos interesados en tal ayuda o acercamiento”.[4]

Es en esta tercera diferencia doctrinal mencionada, la evidencia del bautismo en el Espíritu Santo, en la que nos enfocaremos de aquí en adelante.

Jack W. Hayford, ex presidente de la Iglesia Cuadrangular, en su libro The Charismatic Century: The Enduring Impact of the Azusa Street Revival, destaca el origen independiente del pentecostalismo chileno, diciendo expresamente que las iglesias pentecostales chilenas no son un subproducto del avivamiento de los Ángeles. En su lugar, Hayford vincula al pentecostalismo chileno al avivamiento en la India liderado por Pandita Ramabai, destacando el rol fundamental que jugó Minnie Abrams –quien había sido formada como misionera en Chicago junto a Mrs. Hoover– y su libro titulado El bautismo del Espíritu Santo y fuego.[5] Esto es reconocido también por el Pr. Hoover, en el capítulo II de la historia del avivamiento chileno.[6]

Más interesante aún resulta el hecho de que Hayford destaca también, que el avivamiento liderado por Pandita Ramabai, que comenzó el verano de 1905, se caracterizó por manifestaciones sobrenaturales y una transformación profunda en aquellos tocados por el Espíritu Santo, y no fue hasta 1906 que el don de lenguas vino a ser parte del despertar. El avivamiento continuó hasta 1907, y debido al hecho que antecedió al avivamiento de Los Ángeles, no fue influenciado por la idea de las lenguas como evidencia del bautismo en el Espíritu.[7] Este avivamiento permitió el bautismo en el Espíritu sin la necesidad del don de lenguas, y esta influencia quedó de manifiesto en el avivamiento pentecostal chileno.

Si bien el pentecostalismo chileno no desconocía el lugar destacado que tenía el don de lenguas en el pentecostalismo americano, entendió este don como parte de una serie de manifestaciones espirituales que evidenciaban el bautismo en el Espíritu Santo. Esto quedó plasmado en todo el conflicto que llevó al quiebre de estos primeros pentecostales con la Iglesia Metodista Episcopal –detallados en los capítulos XIII y XIV de la historia del avivamiento– tanto en las acusaciones contra el movimiento, como en la defensa que hicieron los hermanos que lo apoyaban. Entre los cargos que se presentaron contra el Pr. Hoover en la Conferencia de Valparaíso de 1910, cuenta lo siguiente: “Enseñanza y diseminación de doctrinas falsas y antimetodistas, pública y privadamente”, y luego la Conferencia dejó estampada la siguiente resolución:

“Por cuanto ciertas doctrinas falsas, tales como la enseñanza que el bautismo del Espíritu Santo es acompañado por el don de lenguas, visiones, milagros de sanidad y otras manifestaciones, han sido diseminadas en varias partes de esta Conferencia y representadas como las doctrinas de la Iglesia Metodista Episcopal, nosotros por la presente declaramos que aquellas doctrinas son antimetodistas, contrarias a las Escrituras e irracionales y nuestros miembros están avisados que no deben aceptarlas como enseñanzas de nuestra Iglesia”.[8]

En esta misma línea, los hermanos de Santiago comunicaron al Pr. Hoover, su firme decisión de romper lazos con la Iglesia Metodista Episcopal, por rechazar, entre otras cosas:

“la verdad del “Bautismo Pentecostal”, con manifestaciones de diversidad de dones, ya sean estos dones de lenguas, sanamientos, interpretación, etc.”.[9]

El Pr. Hoover sigue una línea similar, al describir al don de lenguas junto a una serie de manifestaciones espirituales que estuvieron presentes desde los inicios del movimiento. Así por ejemplo, en el capítulo VIII de la historia del avivamiento, describe lo siguiente:

“…el avivamiento desde su principio fue acompañado por manifestaciones extraordinarias de diversas clases: risas, lloros, gritos, cantos, lenguas extrañas, visiones, éxtasis en las que las personas caían al suelo y se sentían trasladadas a otra parte, al cielo, al paraíso, a campos hermosos, con experiencias variadas, hablaban con el Señor, con ángeles, o con el diablo. Los que pasaban por estas experiencias gozaban mucho y generalmente fueron muy cambiados y llenos de alabanzas, del espíritu de oración, de amor”.[10]

En otra ocasión, en una carta enviada al hermano Enrique Koppmann, el 1º de diciembre de 1910, publicada en el Chile Pentecostal No 3, de diciembre de 1910, meses después que salieran de la Iglesia Metodista Episcopal, el Pr. Hoover cuenta gozoso y de forma detallada, como el don de interpretación de lenguas se ha manifestado finalmente entre ellos, y luego añade: “He sabido de una persona que interpreta no habiendo nunca hablado en lenguas”.[11]

Esta particular relación del pentecostalismo chileno y el don de lenguas, que lo diferencia claramente del pentecostalismo americano, no es desconocida por quienes investigan el tema. Por ejemplo, Juan Ortiz señala acerca del pentecostalismo chileno:

“Todos ellos buscaban este bautismo de “fuego y Espíritu”, siendo la señal visible de esto, los dones espirituales que el Espíritu Santo les entrega… no existiendo uno en particular como señal de ese bautismo, sino varios, e incluso el bautismo podría ser señalado mediante la exteriorización incontrolable de un sentimiento” –luego añade– “Destacando entre estas señales del Bautismo del Espíritu Santo: El de risa, llanto, lenguas, profecías y sanidad… esta variedad de manifestaciones hicieron que el naciente pentecostalismo chileno, pese a su conexión con el internacional, tenga ciertos rasgos originales, ya que a diferencia de este, que enfatiza en el don de lenguas como señal del bautismo del Espíritu, para ellos, es sólo una de las tantas señales con que se manifiesta el Espíritu”.[12]

Más recientemente y en la misma línea, Luis Aránguiz comenta:

“El pentecostalismo estadounidense en general ha enseñado que la evidencia inicial el bautismo del Espíritu Santo es el hablar en lenguas, pero el pentecostalismo chileno se ha diferenciado por aceptar otras evidencias o manifestaciones exteriores como prueba de dicha evidencia, además de aquella… De hecho, en su visita a Chile en 1910, el pastor A. B. Simpson, no metodista, dejó nota de que Hoover no veía a las lenguas como “el don sine qua non” que evidencia el bautismo del Espíritu Santo”.[13]

Además, documenta que en el pentecostalismo chileno no solo se aceptan como evidencias todos los dones mencionados en la Biblia -y no solo las lenguas-, sino incluso se aceptan manifestaciones que en la Biblia no están asociadas específicamente con la experiencia del bautismo del Espíritu, como las danzas espirituales.

Juan Sepúlveda, por su parte, comenta lo siguiente en relación al artículo de Hoover publicado en 1928, “¿Quiénes son estos pentecostales?”:

“Tal como lo hizo constantemente en su “Historia del avivamiento pentecostal en Chile”, en este párrafo Hoover habla de manifestación del Espíritu de Dios, en lugar de referirse a una evidencia del bautismo del Espíritu Santo. Entre los ejemplos de manifestaciones que nombra explícitamente, llama la atención la omisión de las “lenguas extrañas”, que sí menciona en su libro. Esto podría interpretarse como una manera implícita de tomar distancia de la doctrina norteamericana de la evidencia inicial” –y añade más adelante– “La percepción de una vida cambiada o transformada, más que las eventuales manifestaciones extraordinarias, aparece como la evidencia de la autenticidad de la experiencia de encuentro con Dios mediante su Espíritu Santo, tal como muestra Hoover en la cita precedente. El pentecostalismo chileno parece buscar la evidencia del bautismo por el Espíritu Santo más en sus frutos (Gal 5) que en los dones o carismas espirituales (1Co 12)”.[14]

Otras citas de autores -como el profesor Víctor Sepúlveda- podrían incluirse en la lista anterior, pero los ya citados son suficientes para probar el punto principal del presente ensayo, y esto es: que el pentecostalismo chileno tanto en origen como en desarrollo, ha sido independiente al pentecostalismo americano. Pero, ¿por qué es necesario volver a revisar aspectos históricos que deberían ser del dominio común de todo pentecostal chileno? Porque lamentablemente el pentecostalismo nacional ha hecho muy pocos esfuerzos en resaltar o incluso recuperar su herencia metodista, y en muchos casos, congregaciones enteras han sido absorbidas por la fuerte influencia pentecostal americana. Aunque se debe reconocer que los pentecostales americanos han hecho por décadas el trabajo de formación teológica que los pentecostales chilenos se negaron a realizar, por lo que su forma particular de pentecostalismo se ha terminado imponiendo. 

¿Qué problema podría generar esto? En principio ninguno, ya que soy un abierto defensor de que en el cuerpo de Cristo podemos disentir en amor, en aspectos doctrinales que no son fundamentales. Así que, personalmente, no me genera ningún problema que otro pentecostal vea en el don de lenguas la evidencia inicial y exclusiva del bautismo en el Espíritu Santo. Entonces ¿cuándo se genera el problema? Cuando a las puertas de la ortodoxia pentecostal se colocan personas que juzgan según sus propios parámetros lo que es pentecostal y lo no es, lo que es continuismo y lo que no lo es; personas que serían capaces de negarle las credenciales de pentecostalidad al mismísimo Hoover.

La verdad histórica es que el movimiento pentecostal es policéntrico y polifónico, surgió en muchos lugares y tiene una gran variedad interna. No hay una sola forma de ser pentecostal, no hay una sola doctrina normativa de lo que es pentecostal. Para ser más claro: al igual que en la Reforma protestante del siglo XVI, que tiene muchas expresiones, en el pentecostalismo del siglo XX no hay un Vaticano ni hay un Papa. A quienes tienen la pulsión romanista de querer ser los únicos dueños de la verdad del pentecostalismo debemos recordarles que no todo comienza en Azusa, y que en esta pequeña nación se ha desarrollado por más de cien años, un Metodismo Pentecostal con rasgos particulares. El metodismo pentecostal chileno que surgió en 1909 y que todavía es mantenido en iglesias importantes y representativas del movimiento nacional, tiene una herencia metodista y anglicana que le ha llevado desde su origen a celebrar sacramentalmente la cena del Señor y a realizar sacramentalmente el bautismo de párvulos, no considerándolos meras “ordenanzas”.  Además, se organiza de forma episcopal y no congregacional, y por último, al igual que todos los pentecostales del mundo cree en el bautismo en el Espíritu Santo, pero no adopta la postura excluyente que sostiene que puede evidenciarse solo con una señal, sino con una diversidad de manifestaciones espirituales. Y ha enseñado y vivido por más de cien años que la evidencia más importante de ese bautismo es un solo fruto, y esto es, vidas transformadas para la Gloria de Dios.

Referencias

[1] Jack W. Hayford and David Moore, “The Charismatic Century: The Enduring Impact of the Azusa Street Revival”, Chapter 5: “The Pentecostal Explosion”, Apple Books, pp. 156–200.

[2] Willis C. Hoover, “Apostolic Power Brings Apostolic Persecution”, Latter Rain Evangel, February 1921, pp. 14–17. https://bit.ly/4bEtRpo

[3] Willis C. Hoover, “Historia del avivamiento pentecostal en Chile”, 2ª edición, 2006, p. 62.

[4] Comisión del Cincuentario de las Asambleas de Dios en Chile. “El libro de oro. Historia de los 50 años de las asambleas de Dios de Chile”,  Alfa design Impresores, 2003, pp. 24–25.

[5] J. W. Hayford, Op. Cit. 1.

[6] W. C. Hoover, Op. Cit. 3, p. 4.

[7] J. W. Hayford, Op. Cit. 1.

[8] W. C. Hoover, Op. Cit. 3, p. 36.

[9] W. C. Hoover, Op. Cit. 3, p. 38.

[10] W. C. Hoover, Op. Cit. 3, p. 17.

[11] Willis C. Hoover, “Chile Pentecostal número 3, Concepción, Diciembre 18 de 1910”, pp. 4–5.

[12] Juan Rodrigo Ortiz Retamal, Recopilación y Estudio Preliminar de “El Chile Evangélico 1909-1910” – Testimonio gráfico del origen del Movimiento Pentecostal Chileno, Parousia editorial, pp. 22–23.

[13] Luis R. Aránguiz Kahn, «Unidad perdida, diversidad incomprendida: el origen metodista del pentecostalismo chileno y el problema de la confesionalidad», Cuadernos De teología – Universidad Católica Del Norte (On Line), 2024, 16, e6481. https://doi.org/10.22199/issn.0719-8175-6481

[14] Juan Sepúlveda, “Pentecostalismo a la chilena. Particularidades, rasgos teológicos y su impacto en la sociedad”, Grupo de Editoriales Universitarias AUSJAL, 2023, pp. 134–140.