Nota introductoria
El texto «Pensamientos sobre el metodismo» de Juan Wesley data de 1786. En este breve pero profundo documento el fundador del metodismo inglés, a casi cincuenta años de su inicio, expresa sus temores sobre el futuro del movimiento. Relata brevemente su historia, perfila sus principales doctrinas, retrata la forma del culto, su organización y su ética. Su preocupación frente al desarrollo del movimiento concierne al aumento de las riquezas y el efecto negativo que esto puede tener para la espiritualidad metodista. Es por ello que, aunque no niega que mayores recursos materiales pueden ser beneficiosos, aboga por dar, de modo que mientras más se obtiene, más se de.
La traducción que reproducimos es tomada del Tomo V de las obras de Juan Wesley en español, de edición general de Justo González y publicado por la Wesley Heritage Foundation, Inc. y el Instituto de
Estudios Wesleyanos. Esperamos que contribuya a las reflexión de aquellos grupos pentecostales que descienden del metodismo.
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Pensamientos sobre el metodismo
1. No tengo temor de que el pueblo llamado metodista deje de existir alguna vez en Europa o en Norteamérica. Mi temor es que lleguen a permanecer como una secta muerta, como una forma de religión sin poder. Y tal será indudablemente el caso, a menos que se mantengan firmes en la doctrina, en el espíritu y en la disciplina con los cuales se iniciaron.
2. ¿Cuál será su doctrina fundamental? Que la Biblia es la verdad total, y única, tanto de la fe como de la práctica cristiana. Por ella aprendieron: (1) Que la religión es un principio interior, el cual no es otra cosa que el sentir que hubo en Cristo[1]; es decir, la renovación del alma de acuerdo a la imagen de Dios, en rectitud y verdadera santidad. (2) Que esto solo puede ser forjado en nosotros por el poder del Espíritu Santo. (3) Que recibimos esta y toda otra bendición, meramente por el amor de Cristo; y (4) Que quienquiera tenga el sentir que hubo en Cristo, el tal es nuestro hermano, hermana y madre.
3. En el año 1729, cuatro jóvenes de Oxford, se pusieron de acuerdo en reunirse diariamente por las noches. Todos eran miembros celosos de la Iglesia de Inglaterra, y no tenían opiniones peculiares, pero se distinguían por su asistencia constante a la iglesia y su participación en los sacramentos. En 1735, el grupo había crecido hasta quince, cuando el que los dirigía se embarcó para Norteamérica con la intención de predicarles a los indígenas paganos. El metodismo pareció decrecer, pero en el año 1738 volvió a revivir. Ello ocurrió después que el señor Wesley (a quien no se le permitía predicar en las iglesias), comenzó a predicar al aire libre. Como unos y otros iban a consultarle individualmente sobre qué debían hacer para ser salvos, les sugirió reunirse en grupo, lo cual aceptaron, incrementándose el número continuamente. En el mes de noviembre, le fue ofrecido el edificio conocido con el nombre de Foundery y allí comenzó dos predicaciones diarias: una a la cinco de la mañana y otra a las siete de la tarde, de tal manera que el trabajo no dificultara la asistencia de la gente.
4. Desde el principio los hombres y las mujeres se sentaron separados, como se hacía en la iglesia primitiva y nadie pretendía tener un sitio fijo, sino que los que llegaban primero se sentaban en los primeros lugares. No había bancos de iglesia, sino simples bancos de igual construcción para todos, fueran ricos o pobres[2]. El señor Wesley comenzaba el culto con una breve oración, se cantaba un himno y luego seguía la predicación por alrededor de media hora, concluyendo el servicio con otro himno y una oración. Su doctrina constante era la salvación por la fe precedida por el arrepentimiento y seguida de una vida santa.
5. El problema que se les planteó al incrementarse mucho el número de personas interesadas fue la dificultad para mantenerlos unidos, dado que de continuo se dispersaban de un lado a otro. Pero cuando menos lo esperábamos, Dios proveyó la solución también para esto. Un año o dos después, el señor Wesley se reunió con el jefe de la sociedad de Bristol y le preguntó: «¿Cómo pagaremos la deuda que pesa sobre la casa de predicación?» El capitán Foy se puso de pie y dijo: «Que cada uno en la Sociedad dé un penique por semana, y fácilmente se logrará esa meta». En eso alguien comentó: «Pero es que hay muchos que no tienen ni un penique para dar». «Es cierto», dijo el capitán, «así que asígnenme diez o doce de ellos. Que den lo que puedan semanalmente, y yo supliré lo que falte». Varios de los otros presentes hicieron la misma oferta. Entonces el señor Wesley decidió dividir a la gente en grupos de unos doce, a los que denominó clases, designando a los que se habían ofrecido para ayudar como líderes de cada grupo.
6. No mucho tiempo después, uno de estos encargados informó al señor Wesley que, en sus visitas a algunas de las personas a su cargo, se encontró con uno peleando con su esposa y en otra casa con uno completamente ebrio. Inmediatamente, le vino a la mente al señor Wesley, la idea de que esto era justamente lo que necesitaba: que los líderes tenían que ser no solo las personas que recibían las contribuciones, sino también las que velaran por las almas de sus hermanos, y les ayudaran. Se informó sobre esto a la sociedad de Londres y por su propia voluntad decidieron seguir el ejemplo de Bristol. Desde entonces, así lo hicieron todas las sociedades, tanto en Europa como en Norteamérica. Por este medio se hizo fácil descubrir a quien se sintiera cansado o débil en su fe, lo que hacía posible asistirle de inmediato. Y quien anduviera por caminos indisciplinados era fácilmente descubierto, y se le ayudaba a enmendarse, o de lo contrario se le expulsaba.
7. Para aquellos que sabían en quién habían creído se proveía otra ayuda. Cinco o seis hombres, solteros o casados, se reunían a la hora que les fuera conveniente de acuerdo al consejo de Santiago, que dice: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados»[3]. También cinco o seis mujeres solteras o casadas se reunían con el mismo fin. Las bendiciones que han recibido estos grupos son innumerables, especialmente aquellos que marchaban hacia la perfección. Cuando alguno de estos parecía haber logrado ese estado, se le permitía reunirse con un número selecto que, hasta donde se podía juzgar, eran copartícipes de la misma grande salvación.
8. De este corto esbozo del llamado metodismo, cualquier persona comprensiva puede discernir fácilmente que se trata de una sencilla religión bíblica, difundida por medio de algunos reglamentos prudentes. Su esencia es la santidad de corazón y de vida; todas las circunstancias apuntan a ello. Y mientras estas se mantengan unidas en las personas llamadas metodistas, ninguna agresión en su contra podrá prosperar. Pero, si aun los detalles circunstanciales son desdeñados, lo esencial pronto se perderá. Y si alguna vez se evaporara lo esencial, lo que quede será escoria y desperdicio.
9. Nos compete comprender nuestra situación presente. Me temo que donde han aumentado las riquezas (con sumamente pocas excepciones) la esencia de la religión, el sentir que hubo en Cristo, habrá decrecido en la misma proporción. Por tanto, no veo cómo es posible, según la naturaleza de las cosas, que un reavivamiento de la religión verdadera continúe por mucho tiempo. Porque la religión produce necesariamente tanto laboriosidad como frugalidad. Y estas no pueden sino producir riqueza. Pero al acrecentarse las riquezas, lo mismo ocurrirá con el orgullo, la ira, y el amor al mundo en todas sus manifestaciones.
10. Entonces, ¿cómo es posible que el metodismo, es decir, la religión del corazón, aunque florezca ahora como laurel verde, permanezca en este estado? Porque los metodistas en todas partes se hacen cada vez más diligentes y frugales, y en consecuencia aumentan sus bienes. De ahí que aumenten proporcionalmente en orgullo, en ira, en los deseos de la carne, y de los ojos y en la vanagloria de la vida. Así que, aunque la forma de la religión permanezca, el espíritu se desvanece rápidamente.
11. ¿Existe alguna manera de prevenir esta continua pérdida de la religión pura? No debemos prohibir a la gente que sea diligente y frugal. Debemos exhortar a todos los cristianos a que ganen y a que ahorren todo lo que puedan, es decir, en efecto, a que se enriquezcan. Y pregunto nuevamente, ¿qué camino podemos tomar para que nuestro dinero no nos hunda en lo más profundo del infierno? Hay un solo camino bajo el firmamento: si aquellos que ganan todo lo que pueden, y ahorran todo lo que pueden de la misma manera dan todo lo que pueden, entonces cuanto más ganen, tanto más crecerán en gracia, y tanto más tesoros acumularán en el cielo.
Londres, 4 de agosto de 1786
[1] 1 Fil. 2.5.
[2] Esto, en contraste con la práctica, común entonces, de reservar bancos
privados para las familias ricas que pagaran por ellos.
[3] Stg. 5.16.