Credo de los Apóstoles – Por Luis Aravena San Juan

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Nota introductoria

El Credo de los apóstoles es una antigua declaración de fe del cristianismo occidental que hunde sus raíces en los primeros siglos de la Iglesia de Roma. En los días de la Reforma protestante del siglo XVI fue conservado por los reformadores. Luego, Juan Wesley lo conservó para el metodismo en el siglo XVIII, y a principios del siglo XX Willis Hoover también lo mantuvo para el pentecostalismo chileno. Aun así, no siempre ha tenido buena recepción en ambientes pentecostales debido a que se lo identifica con la Iglesia Católica Romana. Debido a la importancia y controversia sobre este credo, así como a la discusión sobre las fuentes confesionales del pentecostalismo, PP ha querido rescatar un artículo dedicado a esta materia y que debiese guardarse como patrimonio de la tradición pentecostal chilena.

El artículo se titula «Credo de los Apóstoles» y su autor es Luis Aravena San Juan, pastor presbítero de la Iglesia Evangélica de Dios Pentecostal. Fue publicado en la revista oficial de dicha iglesia, Alborada Pentecostal, en su edición julio-octubre de 2001, año XXVI, pags. 5-9. El texto, además de referirse en extenso al tema de su título, también añade consideraciones sobre la controversia arriana y el Credo Niceno. Todas estas son materias de interés para el arraigo histórico y teológico del pentecostalismo chileno.

Esperamos que la lectura de este artículo enriquezca el conocimiento de los pentecostales chilenos sobre su tradición propia.

Pensamiento Pentecostal.


Credo de los Apóstoles1

Muchos de los que hoy somos parte de la Iglesia Evangélica, por tradición familiar fuimos iniciados en la enseñanza religiosa que imparte la Iglesia Católica Romana, y allí aprendimos junto a otros rezos el credo de los Apóstoles. El hecho de que hoy lo veamos incorporado en nuestros Artículos de Fe provoca en muchos duda y confusión; mayormente cuando en la ceremonia de bautismo de párvulos una de las obligaciones que adquieren los padres es enseñarle a sus hijos, junto con el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos, esta declaración de fe conocida como el Credo de los Apóstoles. En las siguientes líneas haré un breve resumen histórico de la Iglesia -en sus inicios -, para dejar sentado los orígenes del Credo, causales que lo provocaron y su propósito.

Para un mejor entender la historia de la iglesia es necesario fijarnos algunos periodos generales, los cuales están marcados por grandes acontecimientos en el desarrollo del cristianismo; éstos servirán como puntos divisorios y señalarán -cada uno de ellos- la terminación de una época y el principio de otra. Clasificado de esta manera tenemos seis grandes periodos en la historia de la Iglesia:

  1. La Iglesia Apostólica. Desde la ascensión de Cristo (30 d.C.) hasta la muerte de San Juan (100 d.C.).
  2. La Iglesia Perseguida. Desde la muerte de San Juan (100 d.C.) hasta el Edicto de Constantino (313 d.C.).
  3. La Iglesia Imperial. Desde el Edicto de Constantino (313 d.C.) hasta la caída de Roma (476 d.C.).
  4. La Iglesia Medieval. Desde la caída de Roma (476 d.C.) hasta la caída de Constantinopla (1453 d.C.).
  5. La Iglesia Reformada. Desde la caída de Constantinopla (1453 d.C.) hasta el fin de la Guerra de los 30 Años (1648 d.C.).
  6. La Iglesia Moderna. Desde el fin de la Guerra de los 30 Años (1648 d.C.) hasta el siglo XX (1901 d.C.).

Lo que interesa para nuestro propósito son los dos primeros períodos. La cumbre que marca el punto de partida de la Iglesia de Cristo es el Monte de los Olivos, no muy lejos del muro oriental de Jerusalén. Aquí, cerca del año 30, Jesucristo, recientemente levantado de su tumba en el huerto, dio sus postreros mandamientos y luego ascendió a su trono celestial. Quedó un pequeño grupo de judíos creyentes en el Señor ascendido como Mesías-Rey de Israel, los cuales deteniéndose por algún tiempo en Jerusalén, sin pensar para nada al principio en una iglesia fuera de los límites del judaísmo; sin embargo ensancharon gradualmente sus conceptos y ministerio hasta que su visión abarcó el llevar a todo el mundo a los pies de Cristo. Bajo la dirección de los apóstoles y sus sucesores inmediatos, la iglesia fue establecida dentro del espacio de tiempo de dos generaciones en casi todos los países desde el Éufrates hasta el Tíber, y desde el Mar Negro hasta el Nilo. El primer período termina con la muerte del Apóstol Juan, el último de los apóstoles sobre la tierra. Durante el período que siguió a la Edad Apostólica, que abarcó más de doscientos años, la iglesia estuvo bajo la espada de la persecución. Fue así, que durante todo el siglo segundo, tercero y parte del cuarto, el más poderoso imperio de la tierra ejerció todo su poder para destruir aquello que llamaban “la superstición cristiana”. Durante siete generaciones, un noble ejército de mártires, por centenares de millares, alcanzó su corona bajo los rigores del hacha, las fieras en la arena, y la ardiente hoguera. Pero, aún, en medio de la más implacable persecución, los seguidores de Cristo crecieron en número.

Al comienzo del siglo segundo ya se habían establecido en todos los países y en casi toda la ciudad. Sus miembros ascendían a muchos millones. Una carta de Plinio al emperador Trajano, escrita aproximadamente en el año 112, declara que en las provincias de Asia Menor, al margen del Mar Negro, los templos de los dioses estaban casi abandonados y los cristianos eran en todas partes una multitud. Los miembros eran de todas las clases sociales, desde las categorías más nobles hasta los esclavos; los seguidores de Cristo crecieron en número, hasta que comprendían en público o en privado, casi la mitad de la población del Imperio Romano.

Mientras vivieron los apóstoles primitivos, la reverencia general para ellos como los compañeros escogidos de Cristo, los fundadores de la Iglesia, y hombres dotados de inspiración divina, les hacían los indiscutibles dirigentes de la iglesia; pero, al morir cada uno y todos ellos hubo una pérdida de la autoridad apostólica, lo que hizo que fuese necesaria una elección de nuevos dirigentes, quienes adoptaron la forma episcopal de gobierno la cual llegó a ser dominante y universal.

El crecimiento y la extensión de la iglesia facilitaron el nacimiento de sectas y herejías en ella, lo que hizo que fuesen absolutamente necesarios algunos artículos de fe y alguna autoridad para ponerlos en vigor. Algunas de las divisiones doctrinales que amenazaron la existencia misma de la iglesia, como las controversias sobre las mismas, despertaron la imperativa demanda de disciplina para tratar con los herejes, y la ratificación de la base doctrinal para asegurar la unidad de la fe.

Una característica distintiva de este período fue el desarrollo de la doctrina. En la época apostólica la fe era del corazón, una rendición personal de la voluntad a Cristo como Señor y Rey, una vida de acuerdo con su ejemplo, y como resultado del hecho de que el Espíritu moraba interiormente. Pero, en el período que se está analizando, la fe gradualmente había llegado a ser mental, una fe del intelecto; una fe que creía en un sistema de doctrina riguroso e inflexible. Se daba mayor énfasis a la creencia correcta que a la vida espiritual interna, las normas del carácter cristiano eran aún elevadas y la Iglesia tenía muchos santos enriquecidos por el Espíritu Santo; pero la doctrina estaba convirtiéndose más y más en la prueba del cristianismo. A la par con el desarrollo de la doctrina teológica, estaba el nacimiento de las sectas, o como eran llamadas, las herejías en la iglesia cristiana. Mientras que la Iglesia era judía por sus miembros, y aún después mientras estaba regida por hombres del tipo judío, tales como San Pedro y San Pablo, había solamente una leve tendencia hacia el pensamiento abstracto y especulativo; pero cuando la iglesia estuvo compuesta en su mayoría por griegos, y especialmente los griegos místicos y desequilibrados del Asia Menor, surgieron toda clase de opiniones y teorías, y éstas se desarrollaron con fuerza en la Iglesia. Los cristianos del siglo segundo y tercero luchaban no sólo en contra de un mundo pagano y adverso, sino también en contra de herejías y doctrinas corruptas dentro de su propio redil. De allí que los dirigentes de esta iglesia post-apostólica vieron la urgente necesidad de frenar esta desviación doctrinal y para ello decidieron escribir un Resumen de la Fe, basados en las enseñanzas directas de los apóstoles.

Es evidente que no hay en el Nuevo testamento un credo completo y ordenado en el sentido o forma como nosotros le conocemos, y de ello se toman algunos creyentes para rechazarlo, pero, diversos pasajes bíblicos nos dan claras indicaciones de que los que aparecen como fragmentos de credos, incluidos en el contexto de la predicación misionera de la Iglesia, el culto de adoración y la defensa contra el paganismo, ya se pueden detectar en el Nuevo Testamento. Algunas referencias: Hch. 2:42; Ef. 4:5; Hch. 8:37; 1ª Co. 12:3. También tenemos otros pasajes como Mt. 16:16 y 1ª Tim. 3:16, los cuales nos dan fundamento bíblico para el credo cristiano. Los “credos” del Nuevo Testamento varían desde la simple confesión “Jesús es el Señor”, hasta las formulaciones trinitarias implícitas, como en la bendición apostólica de 2ª Co. 13:14 y referencias tales como la expresada en Mt. 28:19.

Al examinar esta Declaración de Fe a la luz de la Palabra de Dios, encontramos que en ella todas las afirmaciones tienen un respaldo de las sagradas Escrituras, y por lo tanto ninguna se contrapone a lo que la Biblia enseña a los creyentes:

Creo en Dios padre todopoderosoAp. 1:8
Creador del cielo y de la tierraGn. 14:19
Y en Jesucristo, su único hijo, señor nuestroRo.1:3
Que fue concebido, por el Espíritu Santo;Lc.1:35
Nació de la Virgen María,Mt. 1:18
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato;Mr. 15:1
Fue crucificado, muerto y sepultado;1ª Co. 15:3-4
Al tercer día resucitó de entre los muertos,1ª Co. 15:4
Subió a los cielos yJn. 3:13
Está sentado a la diestra de Dios padre todopoderoso1ª Pe. 3:22
Y desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.1ª Pe. 4:5
Creo en el Espíritu santo, 1ª jn.4:5
La Santa iglesia universal,Ap. 1:4
La Comunión de los Santos,Hch.2:44
El perdón de los pecados;Hch. 26:18
La resurrección de la carne   1ª Co. 15:52
Y la vida eterna. Ro. 6:23

Antes de finalizar, es necesario hacer presente que el Credo de los Apóstoles no es el único “credo” que tiene la Iglesia Cristiana- hay otros dos, los cuales son conocidos y tenidos como base doctrinal tanto en Europa, África, Asia y diversas iglesias de Occidente: El Credo Niceno y el Credo de Atanasio.

Hay que recordar que desde sus mismos inicios la iglesia había estado envuelta en controversias teológicas; ya en tiempos del apóstol Pablo tenemos un ejemplo con la discrepancia sobe la relación entre judíos y gentiles. Ahora, a principios del siglo IV, debido a disputas por controversias teológicas se originó un conflicto que dividió a la Iglesia en dos corrientes. Unos apoyaban a Arrio, Presbítero de la Iglesia de Alejandría, quién sostenía que: “el hijo tiene principio, pero que Dios es sin principio”, o que, “hubo cuando el Verbo no existía”. Éste afirmaba que “el Verbo, aún antes de toda la creación, había sido creado por Dios”. El otro grupo, o corriente, era encabezado por Alejandro, Obispo de Alejandría, quien sostenía que: “El Verbo había existido siempre junto al Padre”, y que “el Hijo es el unigénito engendrado, no creado”.

Resumiendo, vemos que el punto fundamental en discusión era de si el Verbo era coeterno con el Padre o no; por lo tanto, lo que estaba en juego era la divinidad del Verbo. Arrio decía que el Verbo no era Dios, sino que era la primera de todas las criaturas, en cambio Alejandro sostenía que el Verbo, por ser divino, no era una criatura, sino que había existido siempre con Dios. El conflicto adquirió tal magnitud, que amenazaba volverse un cisma general que podría llegar a dividir a toda la iglesia oriental. Por este motivo el Emperador Constantino decidió tomar cartas en el asunto. Envió al Obispo Osio, de Córdova, a ver si lograba un entendimiento directo, pero como éste fracasara en el intento, decidió convocar a una gran asamblea o concilio de todos los obispos cristianos para poner en orden la vida de la iglesia, y para decidir acerca de la controversia arriana. Esta gran asamblea se conoce como el Concilio de Nicea, el cual se realizó en la ciudad del mismo nombre, en el año 325 (siglo IV). Allí se reunieron los más distinguidos ministros de Dios -cerca de trescientos-, venidos de Europa, África y Asia. Después de extensos y acalorados debates la asamblea decidió componer un credo que expresara la fe de la iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían. Se llegó a la siguiente formula, que se conoce como el Credo de Nicea: “Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre-, mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo”.

Para hacer inequívoca la posición del Concilio para con Arrio, se declaró que la Iglesia anatematizó, es decir, maldijo a los que dicen que “hubo tiempo cuando el Hijo de Dios no era”, o que “no existió antes de ser engendrado”. Esta fórmula, a la que después se le añadieron varias cláusulas, y se le restaron los anatemas del último párrafo, es la base de lo que hoy se llama “Credo Niceno”, que es el credo cristiano más universalmente aceptado. El llamado “Credo de los Apóstoles”, por haberse originado en Roma (siglo III) y nunca haber sido conocido en el Oriente, es utilizado sólo por las iglesias de origen occidental, es decir, la romana y las protestantes. Pero el Credo Niceno, al mismo tiempo que es utilizado por la mayoría de las iglesias occidentales, es el credo más común entre las iglesias ortodoxas orientales – griega, rusa, etc.

En el año 328 murió el Obispo Alejandro, de Alejandría, y le sucedió Atanasio, el Diácono que le había acompañado al concilio en Nicea, y que desde ese momento sería el gran campeón de la causa nicena. Fue el defensor más destacado, en ese Concilio, de la posición antagónica a Arrio, para él, lo más importante era la salvación de los hombres. Desde su punto de vista, la salvación es el rescate de toda criatura de la mortalidad que el pecado ha traído sobre ellos, llevándolos a la participación en la naturaleza divina. Esto, sostenía él, puede efectuarse sólo en la medida que el “verdadero Dios” es unido con el “verdadero hombre”. Declaró que “Cristo fue hecho hombre para que nosotros pudiésemos llegar a Dios”. Murió en Alejandría el año 373. Sus ideas, aunque mucho después de su muerte, llegaron finalmente a ser supremas para la Iglesia, tanto en el Oriente como en el Occidente. Fueron establecidas definitivamente en el “Credo de Atanasio”, que en una época se creyó que había sido escrito por él mismo; con posterioridad se constató lo contrario.

Para concluir, quiero recordar que al inicio de este artículo se mencionaba las dudas y confusión que el Credo de los Apóstoles provocaba en muchos cristianos evangélicos, quienes piensan que dicha confesión de fe es propia de la Iglesia Católica Romana; pero, hemos visto que éste nació en los albores de la Iglesia, en el período post-apostólico, cuando la iglesia, pese a las controversias doctrinales que había entre sus miembros, era una sola; un solo cuerpo, y que aún estaba muy lejos de aquel Cisma que dividió a los cristianos en el siglo XVI, donde a los “disidentes” se les llamó por primera vez “protestantes”.

Rvdo. Luis Aravena San Juan

Pastor PresbíteroIglesia Evangélica de Dios Pentecostal


  1. [El autor agrega: Se agradece la colaboración de la hermana Francis Mercado Hevia, de la Iglesia de San Antonio, quien enviará una nota relacionada al mismo tema, el cual ha sido tratado más ampliamente por el editor]. ↩︎