El Espíritu Santo – Por Mamerto Mancilla Tapia

ESPP

Nota introductoria

Los pentecostales son conocidos por su énfasis en la experiencia con el Espíritu Santo, por lo que es conveniente contar con textos de la tradición chilena que traten este tema. Durante su pastorado y obispado, Mamerto Mancilla Tapia, de la Iglesia Metodista Pentecostal, escribió muchas editoriales cuyo objetivo fue tratar temas de importancia de una manera sencilla. Por eso, recuperamos su artículo «El Espíritu Santo», publicado en la revista oficial de su institución, La voz pentecostal, N° 8, septiembre- octubre de 1981. El texto destaca por su énfasis en la relación entre el Espíritu Santo y las Sagradas Escrituras, procurando aclarar que es gracias a Él que estas últimas están disponibles por su inspiración, y que gracias a Él pueden ser entendidas por los creyentes.

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El Espíritu Santo

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Hechos 2:38

El Espíritu Santo es una de las personas de la trinidad, y, por lo tanto, tiene todas las facultades divinas como propias de su naturaleza.

Pero Jesús nos ha dicho que es necesario que Él esté con el Padre, para que el Espíritu Santo esté con nosotros. De acuerdo con lo que el Señor nos dice, la presencia del Espíritu Santo es imprescindible para la existencia de la Iglesia.

En El poder de lo alto del Rev. A. B Simpson; cap. IV de la 2ª parte, leemos como sigue:

“El nombre -el Consolador: La palabra Consolador, no es traducción muy feliz de la palabra griega “Paracletos”, que es lo que aquí se emplea en el original; dicha palabra significa, literalmente, un Dios que está siempre al alcance de la mano, alguien que se encuentra a nuestro lado, a quien podemos apelar en cualquier momento que le necesitemos.

La voz latina “abogado”, significa lo mismo; alguien a quien podemos invocar, o que puede llamarnos a nosotros, por estar al alcance de nuestra voz. Se nos presenta, pues, al Espíritu Santo como un Dios omnipresente y que nos basta para todo. Por supuesto, todo eso nos proporciona infinito consuelo; pero la idea principal no es tanto el poder sacar de ello gozo espiritual, sino que podemos contar con su auxilio eficiente en cualquier emergencia que se nos presentare.

Eso es cabalmente, lo que el Espíritu Santo significa para nosotros; es el Dios de todas las cosas; el Dios que está a nuestro lado bajo todas las circunstancias y capaz de responder a todas las exigencias que se nos hicieren. ¡Cuánto consuelo y satisfacción debe ser esto para nosotros en esta vida oprimida y azarosa! Un dios cuya gracia abunda siempre, y por consiguiente, siempre tenemos lo suficiente en todo y debemos abundar en buenas obras”.

Necesitamos tener siempre al Consolador con nosotros (Juan 16:7).

Es Jesús el que afirma que nos es absolutamente indispensable la presencia del Espíritu Santo. Primero, porque Él ha de ser nuestro Maestro (Juan 14:26), y se infiere naturalmente, que sin Él estaríamos a oscuras e ignoraríamos muchas cosas que nos conviene saber. Aun las Escrituras nos resultarían enigmáticas, si el Espíritu Santo no viniera en nuestro auxilio para su interpretación, pues esto efectivamente les sucede a todos aquellos que leen la Biblia como un libro histórico, poético o novelesco.

Gracias al Espíritu Santo, los apóstoles pudieron dejarnos esas preciosas epístolas, que nos sirven de guía, doctrina y organización. Es también gracias a Él, que los hombres como Lutero y los traductores del sagrado texto fueron iluminados para hacer que nos sea comprensible toda escritura divinamente inspirada. Y aún más, cuando en nuestras devociones le invocamos, nos guía para recibir el alimento indispensable a nuestras almas. Él es el que hace que el texto preciso para nuestra necesidad espiritual quede resonando en nuestro oído y en nuestro corazón hacernos actuar de manera que el mundo vea a Cristo en nosotros.

Mamerto Mancilla Tapia, Obispo.