Cuando pienso en Jotabeche, la Catedral Evangélica de Santiago y en Estación Central, inevitablemente pienso en mi abuela, Hilda del Carmen Lazo Pereira, miembro activo de dicha Iglesia desde 1970 aproximadamente junto a mi abuelo, Ismael Montecinos. Tan “Jotabechina” era mi abuela, la “Hillita” como le decíamos, que muchas veces me permitía molestarla por situaciones que a mi parecer eran bastante extrañas. Una de ellas era el hecho de que la Jotabeche tenía una nave completa dedicada al Cuerpo Uniformado; miembros de la iglesia pertenecientes a las FF.AA. También me llamaba la atención que desde el púlpito siempre felicitaban a los hermanos universitarios, sobre todo de carreras importantes. Otro elemento que recuerdo muy bien es que, justamente en un Te Deum años atrás acompañando a la Hillita en dicha nave, de repente todos los adultos se pararon mientras diviso una fila de hombres de negro que protegía, al parecer, a un hombre no tan alto y algo canoso. Todos se levantaron y agitaron pañuelos blancos para saludar al “ángel de la Iglesia”; un tal Eduardo Durán. Fue la última vez que asistí al Te Deum en Jotabeche.
Hay símbolos que no necesitan pedir permiso para volver; vuelven porque estaban esperando su hora. Este domingo 13 de septiembre de 2026, el Te Deum Evangélico regresó a la Catedral Evangélica de Chile, en Estación Central, después de no realizarse allí desde 2018. Y aunque uno podría reducir el asunto a un cambio de recinto, a una decisión protocolar o a una simple nota previa a Fiestas Patrias, sería una lectura demasiado simplista. Jotabeche no es solamente una dirección; Jotabeche es una memoria nacional del pueblo evangélico chileno. Es Alameda, es templo, es banca de madera, es coros unidos, es “ángel de la iglesia”, es autoridad entrando por la puerta principal; es el viejo sueño de una minoría religiosa que alguna vez fue tratada como ruido de calle y que, con el tiempo, terminó orando por la República frente a la República.

El Servicio de Acción de Gracias por la Patria nació allí, en 1975, cuando el mundo evangélico logró instalar una ceremonia propia en el calendario cívico chileno. Desde entonces, con todos sus claroscuros, el Te Deum Evangélico se convirtió en una de las escenas más reconocibles de septiembre: el Presidente, ministros, parlamentarios, uniformados, pastores y fieles reunidos no para una fiesta denominacional, sino para un acto público de gratitud. Por eso la última vez que se realizó en Jotabeche, en 2018, cerró una etapa que parecía natural e inamovible. Al año siguiente, en 2019, la ceremonia salió de la Catedral por primera vez en 44 años y se trasladó al Centro Cristiano Internacional (CCINT), en San Joaquín y no por un capricho; la crisis en torno al obispo Eduardo Durán había golpeado la imagen pública de la Catedral y de una parte importante del mundo evangélico; además, la propia iglesia vivía un periodo de transición que hacía difícil sostener el peso representativo de un acto nacional. Se dijo, también, que el cambio buscaba mostrar la diversidad evangélica: casi veinte mil congregaciones, distintas denominaciones, muchas formas de vivir la fe y el legítimo derecho de otros templos a recibir una celebración de acción de gracias.
Todo eso tuvo sentido en su momento. El paso por el CCINT, y luego por lugares como Puente Alto y Las Condes permitió que el Te Deum respirara fuera de su casa histórica. Mostró que el mundo evangélico no cabe en una sola nave, ni en una sola sigla, ni en una sola tradición. Ayudó a recordar que el pentecostalismo chileno convive hoy con comunidades neopentecostales, congregaciones independientes, redes territoriales y nuevas generaciones que ya no miran la institucionalidad religiosa con la misma reverencia de sus abuelos. Sin embargo, una cosa es reconocer la diversidad y otra muy distinta es olvidar el lugar donde esa diversidad aprendió a tener forma pública. La IMPCH de Puente Alto pudo acoger bien la ceremonia. El CCINT pudo ofrecer modernidad, cámaras, pantallas y cuadrimensión. Pero Jotabeche tiene algo que esos espacios nunca van a tener: espesor republicano. No porque sea más santo, ni porque sus paredes no hayan conocido dolor, sino porque allí se anudó durante décadas una relación entre fe evangélica, pueblo pentecostal y Estado chileno.
Por eso me parece una buena noticia que el Te Deum vuelva a Jotabeche y lo digo sin mayores complejos. A veces, en nuestro afán por ser críticos, terminamos creyendo que todo retorno es retroceso y que toda tradición es sospechosa, pero hay retornos que son restauraciones. Hay casas que no se abandonan para siempre, sino que se dejan un tiempo para ordenar los muebles, limpiar las manchas, abrir las ventanas y volver a entrar con otra disposición. Jotabeche tuvo años difíciles; sería infantil negarlo. Su historia fue ensuciada por episodios que dañaron la confianza pública y dieron argumentos a quienes siempre han mirado al pueblo evangélico con condescendencia o burla. Pero precisamente por eso el retorno de hoy no debería leerse como una negación de esas manchas, sino como una señal de que la institución puede sobrevivir a sus crisis, corregirse, dejar atrás sus sombras y volver al lugar que le corresponde sin pretender que nada ocurrió.
Ese lugar, en mi opinión, no es el de la hegemonía evangélica ni el del privilegio religioso. No se trata de decir que Jotabeche representa a todos, porque no lo hace, ni podría hacerlo. Se trata de reconocer que hay espacios que, por historia, arquitectura, memoria y continuidad pública, cumplen una función simbólica mayor. Así como la Catedral Metropolitana tiene un peso evidente en el Te Deum ecuménico, la Catedral Evangélica de Chile tiene un peso equivalente para la presencia evangélica en las Fiestas Patrias. Realizar allí esta ceremonia permite ordenar el símbolo: no se trata de una reunión de amigos del gobierno de turno, ni de una plataforma de liderazgos circunstanciales, ni de una postal evangélica acomodada al entusiasmo político del momento. Se trata de un acto republicano donde las iglesias oran por Chile, y donde las autoridades asisten no para apropiarse del púlpito, sino para someterse, aunque sea por un instante, a una palabra que debería estar por sobre todos.
Y aquí está, creo yo, el punto más importante. Lo republicano no consiste solamente en poner banderas, ubicar autoridades o cantar el himno con solemnidad, porque eso lo puede hacer cualquiera. Lo republicano consiste en entender que hay ritos que pertenecen a la nación antes que a una administración. Un Presidente puede asistir con mayor o menor cercanía al mundo evangélico; un gobierno puede tener más o menos afinidad con sus sensibilidades morales; una iglesia puede sentirse más o menos cómoda con quienes ocupan la primera fila. Pero el Te Deum no debería quedar reducido a esa coyuntura. Si vuelve a Jotabeche, debe volver como ceremonia de Estado en clave evangélica, no como botín simbólico de nadie. Debe volver como oración por la patria, no como plataforma para incursionar en la política (como años atrás). Debe volver con alegría, pero también con la sobriedad de quien sabe que el púlpito no gana altura cuando se le acerca el poder, sino cuando conserva su libertad frente a él.

Tal vez por eso el “jotabechino” que llevamos dentro no es solamente nostalgia. Es esa parte de nosotros que todavía se conmueve al ver al pueblo evangélico ocupar un lugar visible en la historia de Chile; esa parte que recuerda a los antiguos “canutos”, a los coros unidos, a los templos llenos, a los pastores de provincia, a las hermanas que oraban por la patria antes de que la patria supiera pronunciar bien la palabra “evangélico”. Pero también es esa parte que necesita madurar, porque el reconocimiento público no puede seguir midiéndose por la cantidad de autoridades presentes, sino por la calidad del testimonio que somos capaces de ofrecer cuando ellas están allí.
Buena noticia es, entonces, que Jotabeche vuelva a recibir el Te Deum Evangélico. Hay que celebrar el hecho de que la Catedral parezca haber pasado la página más amarga de su historia reciente. Celebro que el mundo evangélico pueda reencontrarse con uno de sus símbolos más potentes sin tener que pedir disculpas por existir en el espacio público. Y celebro, sobre todo, que esta vuelta nos recuerde algo sencillo: las instituciones no se sanan huyendo eternamente de sus heridas, sino enfrentándolas, purificándolas y volviendo a servir con humildad.
Si Jotabeche vuelve a ser casa de oración por Chile, entonces vuelve bien. Si vuelve no para imponerse, sino para ordenar una tradición republicana que nunca debió perder del todo su centro, entonces vuelve mejor. Y quizá por eso, al final, sonríe en silencio el otro jotabechino que llevamos dentro.