De un tiempo a esta parte, en los ambientes pentecostales se ha despertado un interés cada vez mayor por conocer sus fuentes teológicas y doctrinales. Dos fenómenos paralelos hacen su aparición en el curso de las dos décadas recientes: por una parte, han comenzado a aparecer seminarios de algunas denominaciones; por otra, un despertamiento de inquietudes teológicas en medio de la juventud de las iglesias pentecostales. Ambos fenómenos pueden encuadrarse en el hecho más amplio de que en los últimos años ha habido un mayor acceso a la educación y, por lo tanto, se adquieren herramientas analíticas que llevan a preguntas que en generaciones anteriores no tomaban protagonismo. Esto, a su vez, exige que quienes debiesen responder esas preguntas, estén preparados para hacerlo. Cuando no pueden contestarlas, se producen desencuentros que no solo son intelectuales sino también intergeneracionales. De aquí que hoy sea más notoria que ayer la “migración” de juventud pentecostal no solo a iglesias neopentecostales más modernizadas en liturgia y más libres de costumbres “legalistas”, sino sobre todo a iglesias “históricas” y de orientación teológica reformada, o sea, presbiterianas, bautistas o anglicanas.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la confesionalidad pentecostal? Hay que ir un poco más atrás. Durante la Reforma protestante del siglo XVI y el siglo siguiente tuvo lugar una profusa producción de documentos “confesionales”, esto es declaraciones de fe mayormente de grupos eclesiásticos, las cuales representan las diferentes posturas teológicas. Estas declaraciones surgieron con el fin de fijar doctrina frente al catolicismo romano y definir los contornos de cada tradición protestante. Eran documentos de gran importancia porque marcaban el camino a seguir. Así que, si alguien que pertenecía a una iglesia quería saber qué era lo que debía creer, acudía a este tipo de documento que lo que hacía era fundamentalmente presentar de manera ordenada las creencias basales.
Pues bien, volvamos al pentecostalismo en Chile. A mayor escolaridad, tal parece que vinieron más preguntas. También, el internet trajo el acceso a mayor información, a otras tendencias teológicas, predicadores, etc. Empezó a despertarse el deseo de leer más teología para entender “de dónde” se viene y “a dónde” se va. El año 2017, por si fuera poco, fue un catalizador de estos temas en el mundo pentecostal porque se celebraron los 500 años de la Reforma a nivel mundial. A estas alturas la pregunta era: ¿qué tienen que ver los pentecostales con la Reforma del siglo XVI? Y de aquí, lógicamente, vino el asunto. Si el pentecostalismo, indirectamente al menos, proviene de ahí, ¿cuál es su confesionalidad, y qué relación guarda con ese pasado?
Lo primero que hay que decir es que, al presente, no existe ningún tipo de consenso formal sobre la doctrina del pentecostalismo chileno. Al principio del movimiento, el misionero metodista estadounidense Willis Hoover, mantuvo para el pentecostalismo los 25 artículos metodistas, declaración proveniente del metodismo estadounidense y originalmente compuesta por Juan Wesley a fines del siglo XVIII a partir de los 39 artículos de la religión anglicanos de 1571. Puede decirse que esta fue la base confesional del metodismo pentecostal durante los primeros 20 años. Sin embargo, con el paso del tiempo y el divisionismo institucional característico del movimiento, cada iglesia fue preparando sus propios articulados de fe, lo que ha permitido una diversificación doctrinal cada día mayor que acota cada vez más los mínimos tácitos compartidos (ej. Trinidad, suficiencia de las Escrituras. Tal vez el dispensacionalismo, que no viene de la herencia metodista pero tiene amplia aceptación). Incluso dentro de iglesias más tradicionales conviven una serie de creencias que son externas, como las tendencias mesiánicas, neopentecostales, reformadas, credobautistas, etc. Esta diversidad es visible para cualquiera que conozca algo de la situación interna de denominaciones y del movimiento en general.
Y entonces, ¿qué pasa con la confesionalidad pentecostal? Cada miembro de las cientos de iglesias pentecostales independientes entre sí, puede buscar el articulado de su propia iglesia. A veces lo encontrará con facilidad, y otras no, pero usualmente, aunque el articulado exista, el grado de importancia que se le da no será el más alto, ni por mucho. Si nos enfocamos en las iglesias que mantienen con más claridad la herencia temprana (o sea, las que se llaman “metodistas” pentecostales, o que hunden sus raíces ahí), tampoco encontraremos consenso.
Es sabido que en 1933 vino una fuerte división dentro del movimiento pentecostal, hasta entonces unido bajo el nombre de Iglesia Metodista Pentecostal (IMP) desde 1910. En el quiebre, un grupo mantuvo ese nombre (digámosle IMP33), y el otro tuvo que buscar un nuevo nombre: Iglesia Evangélica Pentecostal (IEP). Esta última siguió liderada por Hoover y mantiene hasta hoy en sus himnarios los 25 artículos de fe metodistas, con modificaciones en general menores. En el caso de la IMP33, sin embargo, y debido a sus sucesivos quiebres, no ha habido la misma mantención de la confesionalidad original y ya solo en ese hecho tiene menos de “metodismo” que la IEP (Naturalmente, y para evitar suspicacia, nos referimos a lo específicamente confesional, porque la herencia metodista no se agota en ello).
Trazar la línea de los distintos quiebres de la IMP33 sería tarea para otra ocasión. Si, por el contrario, tomamos los articulados oficiales actuales de algunas de las denominaciones más representativas de esa corriente, algo se puede decir sobre el tema. Hay cuatro denominaciones que podrían tomarse como referencia. Las dos más importantes son las actuales IMP de derecho público (digámosle IMPDPU) y de derecho privado (digámosle IMPDPR). Ambas son fruto de un quiebre institucional de la IMP33 que se produjo en 2007 y al presente tienen articulados diferentes. También puede tomarse como referencia la Primera Iglesia Metodista Pentecostal (PRIMP), que surge en 2011 como un quiebre de la Catedral Evangélica Jotabeche con la IMPDPR. Por último, tengamos a la vista una cuarta: la Iglesia Unida Metodista Pentecostal (IUMP), surgida en 1965 como un quiebre con la IMP33.
¿Qué tan metodistas son estas iglesias en el campo confesional? En primer lugar, ninguna de ellas conserva los 25 artículos metodistas. No obstante, cada una de ellas tiene cercanía o lejanía con esos 25 artículos. No podemos hacer aquí una comparación exhaustiva, pero tomemos ejemplos.
- Si se toman los 21 artículos de la PRIMP y se los coloca en paralelo con los 25 artículos, se verá una gran cercanía general. Evidentemente, hay innovaciones, pero comparte a lo menos en 18 puntos.
- Luego podemos tomar el articulado de cinco puntos de la IUMP, de los cuales a lo menos cuatro tienen semejanza con los 25 artículos metodistas aunque, evidentemente, se ha perdido ya una cantidad importante del contenido restante.
- Cosa parecida a la IUMP puede decirse de la IMPDPU, que tiene un articulado de ocho puntos, entre los cuales puede encontrarse una cierta equivalencia de seis de ellos con los 25.
- El caso donde hay una mayor lejanía es el articulado de seis puntos la IMPDPR, el que no tiene ninguna semejanza relevante al menos en lo formal y estructural con los 25. Es cierto que mantiene ciertos temas, pero no son distintivos esenciales del metodismo. De hecho, esta confesión se compone principalmente de largas porciones levemente editadas de la Confesión de Fe de Westminster (CFW, reformada) y de los artículos de fe de la Iglesia del Nazareno (origen en movimiento de santidad).
Estas cuatro declaraciones tendrán unidad en confesar la trinidad, la deidad de Cristo y la suficiencia de las Escrituras. Sin embargo, las cosas se ponen menos claras en otros temas. Por ejemplo, en el terreno del bautismo, el metodismo -siguiendo al anglicanismo- mantiene el bautismo de infantes y la forma de la aspersión. Sin embargo, ni la aspersión ni la aplicación a infantes se mantienen confesionalmente en todas estas iglesias. Por eso hay congregaciones que han cambiado en estas materias, e incluso “rebautizan” a sus miembros, por no reconocer validez en el bautismo de infantes. A nivel confesional, la IMPDPR, por ejemplo, omite ambas cosas -bautismo de infantes y forma de aspersión- en su punto sobre el bautismo.
Otro ejemplo es el tema de la salvación. Es sabido que el metodismo wesleyano tiene una orientación arminiana, pero no todas las iglesias presentan con claridad su posición al respecto. ¿Cómo esperar armonía en doctrina de la salvación si ni siquiera se la define? Por ejemplo, el articulado de la IUMP no se pronuncia sobre la materia en ningún sentido, de modo que deja un amplio espacio abierto para la discusión del tema.
Si se entra al tema central pentecostal, que es la doctrina del bautismo del Espíritu Santo, se verá que la IMPDPR no se pronuncia claramente respecto a ella. A lo más, indica que el Espíritu “unge” pero es un término escasamente desarrollado en lenguaje doctrinal, de modo que representa la “pentecostalidad” de manera menos clara que la IMPDPU, IUMP, IEP y PRIMP, todas más explícitas, aunque se diferencien en el grado de detalle.
En todo caso, ni aun la mantención de los 25 artículos garantiza fidelidad al metodismo pentecostal original pues, por ejemplo, si bien la IEP los ha conservado, no se los enseña ni se ha producido material en torno a ellos para estudiarlos. Así, quedan en el papel pero no se transmiten para formar a los miembros.
Podrían hacerse muchas otras comparaciones en una serie de otros tópicos distintos del ámbito doctrinal para ver cuánta herencia metodista queda en cada denominación. Pero, si nos remitimos, como lo hemos hecho, solo al ámbito de la confesionalidad, vemos que no hay una tendencia clara en los distintos articulados, y esto sin considerar que hay varias otras instituciones pentecostales que cargan con el peso del nombre “metodista” y que hay muchas otras iglesias que se identifican con esa procedencia -al menos en términos históricos- sin llevar el nombre. ¿En qué situación está la confesionalidad de las cientos de denominaciones?
Si esta laxitud doctrinal es puesta en el contexto que se describió al inicio, esto es, generaciones con más educación, con más preguntas, con más deseo de aprender sobre los temas de la fe, se vuelve entonces un punto débil que no puede resolverse con activismo reaccionario e identitario de redes sociales como ha ocurrido, por ejemplo, con la lucha anticalvinista. ¿Se puede defender el arminianismo wesleyano de herencia, sin antes asumir que, por años, dado el analfabetismo teológico de los predicadores, en los sermones se ha escuchado un evangelio de obras “legalista” que traspasa los límites del arminianismo? Muchos de los que se van, apelan precisamente a ese hecho, como también al excesivo recurso al testimonio no como complemento sino como fundamento del sermón. La buena acogida que tienen las “doctrinas de la gracia” en ambientes pentecostales no se puede explicar sin el contexto descrito.
Frente a este descuido de décadas por generaciones, otras tradiciones protestantes no solo tienen documentos confesionales mucho más desarrollados, sino que también tienen obras enteras dedicadas a explicar confesiones de fe, obras para temas específicos de las mismas, examen de doctrinas, etc. Por contraparte, el pentecostalismo chileno en sus más de cien años, no ha hecho un trabajo confesional y, consecuentemente, tampoco un trabajo de explicación de sus doctrinas. De hecho, el rechazo a la teología todavía es una marca, “la letra mata” y el menosprecio a la actividad intelectual sigue teniendo validez. Aunque es cierto que en años recientes se han creado instituciones de formación pastoral, no se ve todavía la producción de material teológico propio, con estándares claros, y que trate específicamente los temas desde el estudio de la tradición pentecostal chilena. Cuando alguien tiene una duda teológica, es esperable que busque fuentes, y no es su responsabilidad que su tradición no se las ofrezca.
Mucho de lo que caracteriza la búsqueda teológica actual de sectores de la juventud parte desde la curiosidad, no desde el deseo ni de dividir ni dañar a sus iglesias locales. Si aquello ha llegado a ocurrir, es evidente a la luz de los hechos que la responsabilidad no es solo de quienes han adoptado una actitud beligerante, sino también de la falta de una doctrina institucional fuerte, de herramientas y competencias teológicas. Por lo demás, incluso si estos conflictos ocurren, no tienen nada de novedoso. El pentecostalismo chileno se ha caracterizado por el divisionismo, y no por razones teológicas (ni menos por el calvinismo) sino principalmente administrativas e institucionales, y tras esas divisiones suele haber reyertas de todo tipo. Pero este problema tampoco es estudiado con el cuidado que requiere.
Si lo que preocupa es la división, entonces cabe poner atención a varios otros temas además del teológico. Y si lo que preocupa es un problema teológico, entonces lo que corresponde es llevar una conversación de altura, libre de caricaturas, que se base en la comprensión mutua de la posición del otro. Tal vez de ese modo las partes en pugna logren a lo menos un desacuerdo honorable. Tal vez, un fortalecimiento reflexivo de la confesionalidad de cada institución puede ser el camino insospechado para aliviar el conflicto intergeneracional.